Conversacion con… Juan Goytisolo

Cuenta Juan Goytisolo (Barcelona, 1931), que no tendría seis años siquiera cuando un día le pudo la ira y, junto a uno de sus hermanos, armados ambos de un hacha, acabaron con los muebles de una de las habitaciones de la casa familiar. Este arrebato violento, petrificado en el inconsciente de un niño como inexplicable recuerdo, seguro que ha dado no pocas vueltas en la mente del escritor a lo largo de su vida. Una vida que el autor de La Chanca y Campos de Níjar ha aderezado, creemos, con este y otros misterios semejantes, con la incógnita de la violencia que se agazapa tras la ponderada bondad de la gente, y que, como sinrazones que son, de vez en cuando emergen, suponemos, en el comprometido escritor, martilleándole.

La violencia. ¿Qué es la violencia? Algo difícilmente entendible para un escritor que se tilda a sí mismo de “castellano en Cataluña, afrancesado en España, español en Francia, latino en Norteamérica, nasrani en Marruecos y moro en todas partes”, según reza en alguno de sus textos. Pero la violencia es también un referente perenne desde el que se explica el dolor, y esa barbarie que desde niño recuerda haber vivido en distintas épocas de su vida el fecundo escritor; primero con la Guerra Civil Española, después con la guerra de Argelia y más tarde en los conflictos extremos de los Balcanes, Chechenia, Irak...

Los días 13 y 14 de junio de 2006 estuvo en Tánger. Volvió a la ciudad que le recibió antaño, en 1965, por primera vez, para ofrecerle a la vida otras posibilidades y alternativas; una ciudad que aún hoy se nutre del halo “maldito” y trasgresor de aquellos gloriosos cincuenta y sesenta del siglo pasado y que a Goytisolo siempre le sigue resultando “atractiva”.

Juan Goytisolo vino en esta ocasión a Tánger para participar en el primer Foro Observatorio Tánger Tarifa (FOTT) y dejar su impronta de nuevo; su sello de literato rebelde, de agudo observador e intelectual comprometido e incómodo para el sistema. A sus 75 años, el autor de Paisajes después de la batalla, convocó a la audiencia en el salón de actos del Instituto Cervantes, en la calle de Bélgica, para leer unos textos “que hacen pensar en lo que está ocurriendo hoy en el mundo mientras dejan bien claro como se agudizan, cada vez más, las contradicciones de esta civilización que conocemos hoy como civilización de progreso”.

Antes, por la mañana, el autor de Makbara había afirmado, ante un alumnado expectante, en el Instituto Severo Ochoa: “Lo que ocurre con África no tiene nombre; pero, ¿cómo arreglarlo?” Una afirmación y una pregunta que dejan bien claro por donde van las preocupaciones de este escritor, cultivador de todos los géneros; aunque han sido el ensayo y la novela dónde él se ha mostrado más agudo y fecundo. “Si queda algo en mi escritura que no hayan dicho otros, me doy por satisfecho”, ha dicho, refiriéndose a su obra. Además, este autor que se exilió “precozmente”, ha sido un viajero comprometido en los cinco continentes: Estados Unidos, donde fue profesor invitado; Turquía, Palestina...

En cualquier caso, en el encuentro que mantuvo con el alumnado del instituto Severo Ochoa, Goytisolo les habló divertido, en tono jovial, de sus primeros pasos como estudiante en un colegio religioso y de su precoz vocación de creador literario enfebrecido. “Ya con apenas siete años escribía novelas en los veranos... Pegaba fotos de actrices en un cuaderno y me inventaba sus vidas. Escribí también novelas audaces, como una que hice sobre Juana de Arco... que luego moría guillotinada, la pobre, durante la Revolución Francesa”. Y les comenta, a continuación, una anécdota de aquellos años de colegio: “Un día, ante mi persistencia en ser escritor de novelas en las horas de clase en lugar de atender a las explicaciones que el fraile nos daba, éste me dijo: ‘Usted —me señaló con el dedo— usted cree que será un día escritor y no lo será nunca. Es usted un idiota’. Aguda premonición la suya pienso ahora, pues, como se ha visto después, no estoy dotado para otra cosa. Con decirles que no sé ni abrir un paraguas...” concluyó Goytisolo, provocando la hilaridad de la juvenil concurrencia.

No tuvo pelos en la lengua el autor de Coto vedado al hablar de la educación recibida en aquellos años de dogma y oscurantismo que habitaron la España franquista. “Prácticamente, yo me he auto formado. Puedo decirles que me eduqué por mi cuenta”.

El escritor dejó bien claro también, ante los estudiantes tangerinos, que siempre había tenido la idea de ganarse la vida en algo que le permitiera después tener tiempo libre para poder escribir. “No al revés”. Y, dicho esto, apuntó “El único deber del escritor es añadir algo nuevo al árbol de la literatura, si no, no merece la pena dedicarse a ello”. Y así fue desgranando respuestas ante un atento alumnado marroquí y español, que veía en el autor de En los reinos de taifa al mito cercano; un mito al que no quisieron dejar pasar de largo y conocer sus pensamientos. “¿Qué hay del compromiso del escritor?, preguntó alguien, de pronto, sesudo. A lo que Goytisolo respondió, sin titubeos, que “el único compromiso que obliga a un escritor es el literario”. “Aparte puede haber otros compromisos civiles...”, añadió. “Quevedo,” explicó luego, “era un gran escritor, pero también un canalla. En cambio hay escritores mediocres consagrados a las causas más justas”. “En mi caso he intentado siempre hacer mi oficio lo mejor que he sabido y defender aquellas causas que consideraba más justas. Pero no siempre es así”, concluyó.

- En su biografía —comienzo diciéndole— han estado siempre presentes aquellos episodios de la Guerra Civil española que tanto le atormentaron de niño, aquel exilio precoz a París. Luego, enseguida, en la ciudad de la Luz usted hizo causa común con los que luchaban por la independencia de Argelia. Y pasados los años, ¡muchos años!, escribió usted, en 1994, Argelia en el vendaval; un ejercicio más de coherencia, sin duda. Así, pues, creo que no cabe otro arranque para esta conversación que comenzar preguntándole por su coherencia. ¿Cómo consigue mantenerse coherente el autor y a la vez firme en el compromiso?
En lo personal el recorrido ha sido muy largo; una trayectoria de muchos años. Cuando llegué a París, en 1956, me uní a un grupo de intelectuales de izquierdas, entre los que estaban Jean Paul Sartre o la que luego sería mi mujer, Monique Lange, que apoyaban la independencia de Argelia. En mi casa, por ejemplo, estuvimos ocultando durante más de medio año el dinero del Frente de Liberación Nacional (FLN). En fin, cuando acabó la guerra fui invitado por el gobierno de Ahmed Ben Bella a recorrer el país. Estaba entusiasmado con aquel proyecto de gobierno, aunque para mí la gente más digna eran Ben Jeda, y M. Bumediaf. Luego ocurrió lo que todos sabemos y me fui desencantando.
Por otra parte, en aquellos años, yo acostumbraba a pasar mis vacaciones en el sur de España, en Almería, pero, debido a la actividad que desarrollaba y mis libros se me impidió volver a mi país; así que me vine a Marruecos, a Tánger concretamente. Esto ocurría en 1965; al principio pasaba tres meses aquí, cada año. Aquí fue donde se me ocurrió la idea de escribir Reivindicación del Conde Don Julián. Poco a poco me fui interesando por Marruecos... Y cada vez más por el pasado cultural español que, de alguna manera, podía entroncarse con lo que estaba viendo y viviendo en el país magrebí.

- ¿Es, entonces, su compromiso intelectual e ideológico el que le lleva a la praxis vital posterior; a ese interés por el mundo islámico?
Intuí que, si aprendía el dialectal, podría, ahondar más aún en lo que ya hacía algún tiempo venía observado; que era, además, una singularidad de la cultura española: la evidencia de su mestizaje con la cultura musulmana. Llevaba tiempo pensando en ello y me daba cuenta de que este valor no lo tenía ninguna otra cultura europea, al menos de forma tan explicita ni tan arraigada; el denominado mudejarismo del que siempre se ha hablado en el arte, también existía en la escritura, cualquiera que haya sido su forma de expresión. Así que empecé a aprender el árabe dialectal en Tánger. Pero pronto tuve que irme de aquí; me era muy difícil mantener la tensión del aprendizaje; todo el mundo me hablaba en español o en francés. No podía progresar... De modo que decidí ir a Marrakech, donde no conocía a nadie, y donde no vivían casi españoles entonces. Si alguien se dirigía a mí en francés, fingía no entenderle. De esta manera pude aprender el dialectal, como digo, la lengua que se habla en la calle. No conozco el árabe clásico; sí domino más o menos bien el dialectal, sobre todo el de Marrakech. Lo que me ha sorprendido más, es que este conocimiento que he adquirido del habla me ha permitido comprender muchas cosas de la lengua española que hasta ahora ignoraba.

- Así que se aplica usted a trabajar, como lo hicieran Américo Castro y otros autores posteriores, para conseguir nuevas evidencias; evidencias que pongan de actualidad, otra vez, la interrelación que existiera entre la cultura cristiana, judía y musulmana en la España de entonces. ¿Es eso lo que le lleva a usted a estudiar a fondo la Celestina, el Arcipreste de Hita y a otros autores de la época?
En Francia, donde tuve una mayor oportunidad de recibir una educación literaria, muy distinta a la que se daba en la España de entonces, surgió en mí el interés por la relectura de los autores españoles. Y la relectura que hice fue completamente distinta de la versión canónica que se llevaba. Descubrí, por una parte, que había una influencia obvia de la cultura árabe, más concretamente del idioma hablado en Marruecos por los andalusíes, y, por otra, la importancia enorme de la herencia del averroísmo popular latino en los escritores conversos. Y aquí quiero manifestar mi deuda con Américo Castro y con Francisco Márquez Villanueva, las dos personas que más han ahondado en este campo.

- Es, entonces, a partir de ese mudejarismo, ya reconocido y aceptado, que usted empieza a buscar vías de encuentro, canales de comunicación entre ambas orillas del Mediterráneo, ¿no es eso?
Pues sí. Y observo enseguida que este es un problema que ha afectado de forma muy grave a la cultura española. Es lamentable la falta de curiosidad que tenemos en España hasta la segunda mitad del siglo XX por las culturas ajenas. No es normal que desde el Arcipreste de Hita, que manifiestamente conocía el árabe dialectal (introduce palabras árabes sin notas ni explicaciones en el libro del Buen Amor), hasta mi modesta irrupción, yo sea el primer autor no arabista que conoce el árabe dialectal. ¡Es increíble! Pues debe tenerse presente que Marruecos está, tan sólo, a 14 kilómetros de distancia. Este es motivo de reflexión...

- Acerquémonos al presente, si le parece. En alguna ocasión he leído, en alguno de sus artículos, que es necesario crear un espacio económico y cultural común entre ambas orillas del Mediterráneo para empezar a romper ese extrañamiento que nos persigue.
Yo no soy un político. Obviamente, conseguir una buena relación entre España y Marruecos es fundamental; es más, yo diría que es esencial para todos. La política de los años de Aznar... Esa confrontación era desastrosa. Ahora se ha vuelto a la sensatez y ya se está viendo que en cuanto mejoran las relaciones cambian las cosas. Se ve que hay una cierta política común; una política que debería extenderse y plasmarse en un mayor peso económico de España en el Magreb con el fin de impulsar el desarrollo de Marruecos primero, y, desde aquí, el del África subsahariana.

- En un ensayo reciente, La imagen de España en Marruecos, de Noureddine Affaya y Driss Guerraoui, editado por la catalana Fundación CIDOB, se reconoce que ya en el pasado los diplomáticos marroquíes se expresaban, a la vuelta de sus viajes a Europa, en términos parecidos a los que hoy, casi a diario, se escuchan entre los españoles cuando se les oye referirse a sus vecinos del sur. “Los españoles”, decían a su vuelta estos embajadores marroquíes, según se recoge en el citado ensayo, “son de personalidad ambivalente, incluso contradictoria, maquiavélica, enemiga del Islán, traidora, no respetan ningún compromiso y son verdugos de los musulmanes”. Como se ve, las mismas frases tópicas de antaño son aventadas aún a ambos lados del Estrecho.

- ¿Usted cree que es posible que marroquíes y españoles dejen de lado, de una vez por todas, esos tópicos para afanarse en establecer una relación entre iguales, a partir de la realidad actual? ¿Serán capaces de tener relaciones sinceras y sin complejos?
Aventurar el futuro, o qué va a ocurrir a medio plazo, sería una osadía por mi parte. Pero ahora se observan cambios, que no vienen a través de la cultura precisamente, pero que sí están acercando de una forma muy nítida y natural a ambas sociedades. Me refiero al deporte. Yo compruebo a diario la enorme popularidad de España en Marrakech gracias al Barça y al Real Madrid. Los jóvenes marroquíes se sienten cercanos a estos equipos... Llevan puestas sus camisetas a todas horas... y hablan del fútbol español y de España constantemente. Gracias a esto ha cambiado, creo, la imagen de España en este país. Creo que hoy hay una opinión más favorable en Marruecos de España, que en España de Marruecos.

- ¿Cree usted posible acercarse de nuevo a ese mudejarismo que comunique a ambos pueblos?
No creo que haya que perseguir la utopía; simplemente bastaría con que los españoles conociésemos mucho mejor nuestra propia cultura y viésemos qué elementos árabes hay en ella. Tener una visión más amplia del pasado cultural y asumirlo, ayudaría en ese sentido. En esa línea, el trabajo que está haciendo el Legado Andalusí, por ejemplo, es muy importante. No, no creo que sea posible revitalizar el mudejarismo de entonces. Pero sí que debemos buscar fórmulas de acercamiento. Ahora que el turismo español está llegando a Marruecos y que el número de magrebíes aumenta en España, es una buena ocasión para intentar desactivar esos tópicos de los que hablábamos antes y cultivar nuevas propuestas para la comprensión.

- Cambiando de tema, ¿qué opina del FOTT? ¿Cree usted que servirán para algo este tipo de encuentros? ¿Cuál es su opinión?.
Siempre he pensado que, cualquier esfuerzo que hagamos para acercar a marroquíes y españoles, sirve. Además, aquí, en el Norte, la sociedad tiene mucha más conciencia de esa vecindad y un interés cultural mayor que no existe en el sur. En Marrakech, últimamente, la vida cultural está reduciéndose a una pura exhibición de escaparate para turistas europeos. Por mi parte procuro tener la menor relación con ella, excepto con la Fundación de una señora suiza que se dedica a dar cursos de música y pintura. Y ahora, además, acaba de poner la primera piedra para una Facultad de Cine... ¡No hay en Marruecos Facultad de Cine todavía! Los europeos vienen a Marrakech a disfrutar... Sólo a disfrutar. Repito que la ciudad se ha convertido en una especie de escaparate para el turismo, donde todo es muy artificial.

- ¿Qué hay del islamismo? ¿Cómo lo ve usted? ¿Cree que hay una involución en Marruecos?.
En mi opinión se dan dos fenómenos: uno es el del islamismo radical y otro es esa reacción que se manifiesta en la gente ante lo occidental; esa respuesta de la gente ante lo que ocurre en Palestina o Irak... Yo pienso, desde luego, que si hubiese elecciones libres en este país ganaría el partido islamista... Estoy convencido. Pero teniendo en cuenta que el ejército y el Mazhen, para bien y para mal sigue ahí, no me inquieta demasiado. Turquía, un país que conozco muy bien (hace unos años hablaba el turco bastante bien, aunque ahora se me está olvidando), es, en estos momentos, gobernada por un partido islamista moderado y está consiguiendo muchas cosas y mejorando su situación.

- O sea, que tampoco son tan “malos” los islamistas como parecen...
En fin, yo, en mi opinión... La idea que se me ocurre... Es que... de la misma forma que ha habido partidos demócrata-cristianos... si hay partidos islamistas que aceptan de verdad el juego democrático, pues me parece muy bien que gobiernen. Es una manera de hacerles avanzar.

- En cualquier caso, ¿no es su actitud radical con la vida, su radicalismo cultural, económico, lo que asusta del islamismo?
La visión de mi querido amigo Edward Said era la visión más preclara. Por un lado, esta política terrible de occidente, que acoge a poderes y regímenes teocráticos, corruptos con posiciones favorables a sus intereses... Esos clichés ideológicos que obedecen a estrategias e intereses de los poderes dominantes. Como sabe, Said señala la dificultad que tiene Occidente para pensar en términos de objetividad sobre Oriente. Antes debe librarse, dice, de ese velo de prejuicios que distorsionan y le impiden ver la realidad. Said deja al descubierto cómo la relación entre Oriente y Occidente es una relación de poder, amparada en la subordinación de Oriente frente al imaginario occidental; un imaginario que preconiza la idea de que lo europeo es superior y lo de ellos lo extraño. En fin, todo el mundo sabe que a los disidentes que eran acogidos como héroes por sus propios pueblos, Europa no les ayudó demasiado. ¡Jamás! Nunca ha habido un apoyo europeo claro a movimientos laicos democráticos... También Edward Said, huyendo de una parcialidad que alguien pudiera reprocharle, analiza en su libro Orientalismo el arabofanatismo y critica, de paso, al mundo intelectual árabe por su inmovilismo. Hay que reconocer, además, que los países árabes ricos no revierten esta riqueza en beneficio de sus poblaciones. La verdad es que nunca ha habido una voluntad real de contribuir al desarrollo humano en estos países.

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