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Conversacion con… José Luis Pardo
A nadie se le
escapa que hoy, apenas alumbrado el siglo XXI, el mundo se aferra con renovada
y sorprendente energía a señuelos que parecían olvidados. La patria, las
banderas, los himnos o la identidad nacional, por citar sólo a algunos de estos
signos, son ahora abalorios que de nuevo cobran
vigencia y hacen que los pueblos —los individuos más bien—,
azuzados por ciertos iluminados, muestren sus peores maneras (a veces las
garras, con las consiguientes catástrofes) ante sus semejantes y vecinos, para,
cada cual, marcar su territorio.
Así las cosas, el
Foro Observatorio Tánger Tarifa (FOTT) recibe, en esta penúltima entrega antes
del cierre de su primera edición, al filósofo y ensayista José Luís Pardo
(Madrid, 1954) con el prometedor regalo de una conferencia, la mar de
sugerente: Orient(ars)e en el pensamiento, un
argumento éste que ya, desde la primera palabra (ciertamente investida de
gracia “jeroglífica”), pone el dedo en la llaga e invita a quienes se afanan en
encontrar soluciones a hacerse las preguntas que sirvan para acercar a los
pueblos.
Mientras tanto,
como ha quedado dicho, el FOTT persiste en su empeño de desbrozar los caminos.
Hay mucho que limpiar de este confuso paisaje que se ha ido dibujando entre
cristianismo e islam. Las voces se confunden entre ambas orillas del
Mediterráneo y a la menor “salta la liebre”, que diría el castizo, y se crea la
consiguiente algarabía de ecos y credos. Entre el imaginario que perdura y lo
intrincadas que son esas mil sendas que han de acercar a estas culturas, está
el paso del tiempo; siglos de enquistados y enrevesados conceptos, siglos de
ficciones y argumentos maniqueos; siglos que siempre han enturbiado las
complejas relaciones entre Oriente y Occidente.
El lema, El
orientalismo al revés, que ha presidido cada uno de
los encuentros celebrados por el FOTT en la sala de conferencias del Instituto
Cervantes de Tánger ha sido el faro-guía de estos debates. A la postre, ha
servido también para aportar algo de la luz necesaria que ayude a entender
mejor la amenaza que acecha y esas continuas tormentas que últimamente
proclaman los ayatollah de una y otra orilla. Estos
encuentros permanecerán en el recuerdo de quienes participaron en ellos.
Además, soplan, más bien atizan (en el sentido más noble del término) el mismo
debate y ponen a unos y a otros frente a frente; frente a su propia imagen, si
se quiere. Que cada cual se atreva, pues, a convertirse en espejo. ¡A ver qué
pasa!
Llegó José Luís
Pardo a una ciudad abigarrada y sorprendente, eterna, como lo hicieron antes
otros conferenciantes: con el tiempo justo. Y antes de que se diese cuenta el
filósofo de que había caído en el gran pote estratégico que es esta bahía (en
la que hace tiempo que puso un pié Hércules), ya estaba el pensador y ensayista
frente a un alumnado expectante. Los alumnos de bachillerato del Instituto
Severo Ochoa le aguardaban con cierta impaciencia y querían saber por qué aquí
los conflictos, esos que se sedimentan en lo que llaman cruce de
civilizaciones, se amalgaman desde tiempos inmemoriales.
Como era de
esperar, les faltó tiempo a estos jóvenes estudiantes para interesarse por la
vocación del filósofo. ¡A santo de qué este oficio! “Porque desde pequeñito”,
dijo el profesor de la Universidad Complutense de Madrid, “me di cuenta de que
lo que a mí me gustaba de verdad era salir poco a la calle; escribir y pensar
era lo mío; y no me parecieron, entonces, estos dos argumentos tan malos si me
libraban de salir”. Luego explicó un poco más su recorrido y contó que, como
casi siempre ocurre, su condición de filósofo le vino dada por unas
circunstancias vitales concretas, por una cierta coyuntura social y “por los
muchos ánimos que para ello me trasmitió mi mujer”, precisó, finalmente. En
definitiva, José Luís Pardo no es un ser ajeno a su tiempo como pudiera
pensarse de alguien que hoy se dedica al extraño oficio de pensar, en lugar de
a reunir fortuna y honores... que es lo que a la mayoría de los mortales más
les atrae, y a veces obsesiona.
Prueba su pasión
por este extraño oficio, también, el lema que, según explicó a los alumnos, se
ha propuesto como guía de su vida: “Siempre he querido que mi trabajo sirviese
a la idea de acercar lo académico a lo mundano; que el mundo se acercase a la
filosofía; no tener que acercárselo yo”. “De hecho”, añadió luego, “una
pregunta que me ha perseguido siempre ha sido cómo escribir un libro de
filosofía hoy; un libro que llegue a la gente sin tener, por ello, que
renunciar a la verdadera filosofía”.
Pero surgió la gran
pregunta, claro, como era de esperar, inmediatamente: “¿Sirve hoy para algo la
filosofía?”, interrogó alguien, esbozando una sonrisa. A lo que el escritor
respondió, no sin dudarlo, y dando un rodeo intelectual para darle tiempo a
aquellos jóvenes curiosos a asimilar lo que iba a decirles, que “ya la cosa
empezó mal con Sócrates...” Para luego aclararles que, “bueno, servir, sirve;
desde luego. Porque mal podremos resolver los problemas si antes no somos
capaces de identificarlos. Y antes que nada, el filósofo, la filosofía, se
ocupan de esto: de plantear problemas, no de dar soluciones”. Y a continuación
añadió: “Lo difícil es abandonar las certezas que tenemos para disponernos a
averiguar la verdad. La filosofía, en cierto modo, trata de ayudarnos a
abrirnos y a disponernos a esa verdad”. Y con esto concluyó José Luís Pardo su
charla, salpicada de guiños intelectuales.
Ya por la tarde,
frente al filósofo, en una conversación más pausada, no pude evitar recordar el
coloquio que el autor de La regla del juego, Premio
Nacional de Ensayo en el año 2005, había mantenido con los estudiantes, y
preguntarle otra vez a cerca del “cometido del filósofo”, con el fin de seguir
tirando del hilo que parecía interesante...
—¿Debe el
filósofo tener un compromiso con la sociedad? —le insistí.
Esa misma pregunta
se hizo Jean Paul Sartre —contestó José Luís Pardo— cuado se
inquirió a sí mismo si debía o no ir a combatir en la Segunda Guerra mundial...
Y amén de las circunstancias personales, familiares (su madre estaba muy
enferma), etcétera, se le ocurrió que lo mejor sería preguntarle a un
sacerdote. “El sabrá aconsejarme...”, se dijo. Pero enseguida se dio cuenta que
había varios tipos de sacerdotes: de derechas y de izquierdas; comunistas,
socialistas, reaccionarios... Al final concluyó que, seguramente, terminaría
preguntándole a aquel cura que le dijese lo que él quería oír. Esa es la
filosofía. Y en ese ámbito es en el que se desenvuelve el papel del filósofo,
pues, como le dije anteriormente a los alumnos del instituto, no es función del
filósofo aportar soluciones sino plantear problemas. Porque, a la postre, las
cosas son como son, no como nosotros queremos que sean.
—Y porque
“son así”, supongo, usted llegó a filósofo.
Bueno, yo anduve
algún tiempo, en la última etapa del franquismo y durante la transición
democrática, metido en esa especie de ‘servicio militar alternativo’ que es la militancia
política. Y cuando salí de aquello —¡No es que saliera mal,
entiéndase!—, y dejé de estar militando con aquella intensidad, empecé
una serie de lecturas —en cierto modo, por descansar de aquellos libros
‘sesudos’, tipo Tratado de economía marxista y
otros por el estilo—, sobretodo poesía..., mucha literatura... Poesía de
todas clases, surrealista... Y fue a través del surrealismo, precisamente, como
llegué a un libro de Octavio Paz, Claude Lévi-Strauss o el nuevo festín de
Esopo, en el que descubrí el continente del estructuralismo.
Inmediatamente enloquecí por esa línea de trabajo. Luego me encontré con otro
libro de Guilles Deleuze y Félix Guattari, El Antiedipo, —del
que no entendía absolutamente nada al principio—, pero donde aparecían a
pie de página todas mis referencias literarias, artísticas, intelectuales... Y
fue entonces cuando me propuse recuperar mis estudios, que había abandonado en
la época de militancia política, y, aunque pensaba estudiar periodismo,
aconsejado por mi mujer, que me dijo “si lo que te interesa es la filosofía,
haz filosofía y ya escribirás en los periódicos”, emprendí el camino que ahora
sigo.
—En el que,
por cierto, no parece que le vaya mal ni, supongo, se arrepiente de haberlo
elegido.
Efectivamente,
estoy muy contento de haber seguido este camino. Como escritor, uno no es el
que elige su género, sino que el género le elige a uno. Y yo creo que... libros
de filosofía, modestamente, es una cosa que más o menos sí sé hacer.
—¡Y aquí está
usted ya! Un filósofo en un tiempo en el que pensar parece que no reporta
beneficios; el mercado tiene urgencias y reclama resultados inmediatos. ¿Qué
puede esperarse hoy de la filosofía?
Para empezar,
la filosofía no es una asignatura; tampoco es una especialidad... La filosofía
compete a todos los seres humanos que, sin embargo, parece que la ignoran. Lo
que más me ha interesado en los últimos tiempos, precisamente, ha sido esto...
Localizar cuál es esa peculiaridad, esa especie de “dificultad” que entraña la
filosofía. ¿Por qué resulta tan difícil acercarse a ella? Máxime cuando su
dificultad, no es la dificultad intelectual que entrañan, por ejemplo, las
matemáticas o la física nuclear. La verdad es que desde siempre me ha
interesado determinar cuál es el tipo de dificultad que corresponde a la
filosofía y creo —este es el momento en el que estoy ahora en mis
reflexiones—, que... La dificultad propia de la filosofía es ésa que
conlleva aprender.
La dificultad de
disponerse a saber. Es decir, dicho de otra forma: la dificultad de aceptar que
hay una verdad, aunque esa verdad no nos convenga y aunque a menudo sea
horrible. Digamos... que... estar dispuestos, atreverse a saber, ¡es tan
difícil!, creo, que eso es por lo que nos retraemos o huimos de la filosofía.
Porque la verdad, en general, es una cosa que no es nada conveniente ni satisface
nuestras expectativas.
—Eso que
usted llama verdad, ¿podría entenderse como la dificultad que tenemos las
personas para pensar y razonar; para comunicarnos, en definitiva, con los
otros?
Sí, podría
entenderse así. Yo creo que, en el fondo, no es más que esa cosa tan extraña que
encontramos en los primeros pensadores griegos, que ellos llamaban Naturaleza.
Nosotros ahora, cuando hablamos de naturaleza, pensamos en los pájaros, en los
montes, en los mares... Pero, lo verdaderamente asombroso, y mucho más para
nosotros que somos seres modernos, no son tanto las cosas de la naturaleza,
sino la naturaleza de las cosas. O sea, entender que las cosas tienen una
naturaleza, una manera de ser; que son ellas como ellas son, y que eso....
Nosotros podemos
destruirlas pero no podemos hacer que sean otra cosa que lo que son, cuando,
desde luego, y para nuestras expectativas de felicidad, sería muy conveniente
que pudiéramos hacer con las cosas lo que quisiéramos; que se adaptasen, por
ejemplo, a nuestras expectativas. Por eso, creo, siempre hay un poco de tensión...
Y siempre, digamos, existe la tensión desde el principio entre el filósofo y el
sofista.
El sofista lo
primero que hace es destruir la naturaleza de las cosas... ‘Bueno, mira, no te
preocupes, no hay ninguna naturaleza de las cosas, podemos hacer con ellas lo
que queramos’, dice el sofista. De esta forma se satisface muy bien al cliente.
La gente piensa que puede realmente hacer que las cosas sean como a uno le
conviene. Y todos tan contentos. Pero el filósofo no lo cree así.
—¿No
resulta un poco lío todo esto? Al final van a tener razón quienes reniegan de
la filosofía y además le atribuyen escasa capacidad para intervenir en el
terreno de lo práctico.
¡Pero es que esto
es así! No por negarlas desaparecen esa ‘verdad’ ni esa ‘naturaleza’ de las que
hablan los griegos. Lo que yo he aprendido de la filosofía es un poco eso: que
la primera cosa, el primer impulso que uno tiene que aprender, cuando se
adentra en la filosofía, es a respetar. Si el filósofo quiere conocer algo, ha
de entender que aquello que quiere conocer es radicalmente distinto de lo que es
él, de lo que, en otras palabras, somos todos nosotros. En lugar de intentar asimilárselo, lo que ha de hacer el filósofo es lo
contrario: rendirse a la evidencia de cómo es aquello y por qué es así...
Porque si no, no hay nada que conocer. Si lo asimilamos a nosotros..., está
claro, le quitamos justamente lo que había que conocer.
—¿Más lío
aún...? ¿Y frente a esto está la realidad, no? Esa vorágine cotidiana, por
ejemplo, de la que se ocupan tan profusamente los medios de comunicación que
todo lo colonizan; los mil actos culturales diarios que ya no son creación ni
cultura sino exhibiciones del mercado; el consumo ilimitado, el anhelo
patológico de la inmediatez... ¿Con todo esto, qué puede hacer el filósofo para
que aprendamos algo, para que al menos nos lleguen sus reflexiones?
No creo que de la
filosofía pueda esperarse ninguna solución; además de que nunca ha sido ese su
papel. El filósofo es un personaje, en general, bastante incómodo... Porque la
filosofía no nació en las aulas ni está en ellas; su relación con éstas ha sido
problemática casi siempre; encaja mal en los programas. Enseñar filosofía, ya
lo he dicho, no es como enseñar matemáticas o física nuclear; más bien sería
como enseñar a vivir bien.
—¿Acaso a
vivir bien puede enseñarse?
Esta misma pregunta
se hacen muchos; en el Ministerio de Educación, sin ir más lejos. “¿Es
que una
cosa así, de verdad, puede enseñarse?”, se preguntan. Y, claro, allí, en el
Ministerio, se desesperan... ¿Qué es eso de enseñar a vivir bien? Pero, veamos:
Lo que yo creo que
comparto con el resto de mis semejantes es esa condición que tenemos todos, que
es la de aprender a vivir. Que es una necesidad. Sencillamente porque tenemos
que actuar en un mundo en el que, cuando empezamos esa actuación, todavía no
sabemos cuáles son las reglas de ese juego al que tenemos que jugar. Un juego
al que, en fin, si nos fijamos bien, ya estamos jugando sin saberlo jugar desde
que llegamos a este mundo. Antes, incluso, de habernos dado cuenta de nada,
estamos ya viviendo, ¿no? Por eso creo que éste es el reto, y ésta es la
decisión que tenemos que tomar: averiguar qué reglas nos convienen para jugar
o, lo que es lo mismo, para vivir mejor.
Si algo es peculiar de la filosofía, es
tomarse esto de aprender a actuar —que es una condición de los seres humanos—,
como una investigación. Como filósofo, además de tener que actuar como
cualquier otra persona, me digo: voy a ver si convierto esto en una
investigación a cerca de qué puede ser considerado de verdad una regla para
este juego; qué no puede serlo; qué es sólo una trampa; qué es, qué no es... Al
final, la pregunta es si es posible llegar a saber más sobre si una persona
puede ser un poco mejor de lo que era al principio. Algo, desde luego, bastante difícil.
—¡Y tan
difícil! Pero dejemos aquí, si le parece, lo de “aprender a vivir bien” y
vayamos, antes de adentrarnos por otros vericuetos filosóficos, a lo que
argumenta en su conferencia: Orient(ars)e en el pensamiento. ¿Qué cree usted, de entrada, que podría decirse del pensador
Edward Said?
La primera lección
que debemos aprender de él es que la idea de Oriente es una idea deformada,
engañosa, interesada... ¡Que hay que quitarla de en medio! El reto es elaborar
una idea nueva... Said demuestra que oriental, occidental, cristiano o
musulmán, no son términos que puedan acuñarse como algo puro. Nadie es hoy
puramente una sola cosa.
O sea, que el
mestizaje...
Es algo intrínseco.
Nadie es absolutamente puro de nada. Con esta premisa, a ver, ¿quién puede
explicar qué significa ser negro, cristiano o musulmán?
—Entonces,
con tal confusión, ¿qué podemos hacer para superar ese mar de enfrentamientos
que, hoy, por lo que estamos observando, tiene anclados a unos y a otros en
posturas irreconciliables?
Pues apelar a la
razón. Ya hemos quedado que la realidad de Oriente es subjetiva, construida por
Occidente.... Pero, ¡ojo! no es una ficción, aunque sea inventada... Porque, no
lo olvidemos, la creencia en esta ficción es una creencia pragmática,
interesada. Ya lo decía Max Weber cuando hablaba de “la abyecta costumbre de
recurrir a la moral para tener razón”. Y es que Occidente ha hecho creer que lo
conveniente y correcto es lo que desde aquí se ha inventado. El mundo, por
decirlo de alguna forma, ha sido construido a imagen y semejanza de nuestros
políticos, escritores, viajeros... Recuérdese también que hasta la Primera
Guerra Mundial el 85% del mundo habitado estaba bajo la influencia de Europa.
En definitiva, compartir una historia común, aunque sea inventada, es lo que
nos dota de identidad, y eso da, además, mucha tranquilidad.
—Quizá,
ahora por eso, al menos en España, se reivindica tanto una identidad tan
exclusiva y constreñida; da la impresión de que los políticos no ven más allá
de su pequeño terruño.
Ya he dicho que la
superstición como forma de identidad tranquiliza; el problema es que todas las
identidades, sin excepción, son ficticias; es decir, inventadas. Aunque,
efectivamente, que sean ficción no quiere decir que sean falsas; no es falso El
rey Lear, de Shakespeare, aunque es obvio que es una
ficción. ¡Este es el gran drama! Peleamos por algo que no existe y no podemos
vivir sin la realidad que en ello se representa; sencillamente, porque es lo
que nos da identidad. Esto lo entendió y describió muy bien Edward Said en su
libro Orientalismo.
—¿Y a qué
se debe el título Orient(ars)e en el pensamiento? ¿Qué significado pretende usted darle?
El título está
pensado, primero, en homenaje a Edward Said, patrón intelectual de este foro.
Y, en segundo lugar, quiero conectar mi argumentación con un pequeño artículo
de Kant, que él denominó Qué significa orientarse en el pensamiento, y que es justamente el texto a partir del cual el filósofo alemán
reflexiona, después de especular un poco..., en apenas 10 páginas, sobre qué
puede hacerse para intentar liberar a la filosofía de sus propias tentaciones
sofisticas. Este artículo lo escribió en una época en la que se especulaba
mucho sobre si la razón debía o no ser el máximo poder, o si la revelación
podría suplantarla... Todo esto en un contexto en el que la gran discusión del
momento era la Ilustración.
Kant, en este
artículo, que a mí me da pie para iniciar la conferencia de Tánger, empieza
hablándonos de la orientación en el espacio; de cómo no basta solamente con
tener claro el mapa celeste... Sino que es necesario, escribe, tener el
sentimiento subjetivo de cuál es la izquierda y cuál la derecha, porque si no
ese mapa, a la postre, no nos serviría de nada. Bueno, pues en el caso del
pensamiento, cuando nos encontramos ante problemas en los que no hay mapa
celeste, y no tenemos ningún factor objetivo al que agarrarnos, todavía
disponemos de un elemento subjetivo al que se puede acudir, —como cuando se está a oscuras en
una habitación que se conoce pero que si no se toca un objeto reconocible no se
puede reconstruir más o menos el plano—, un elemento, decimos, al que
puede uno agarrarse para saber qué es lo que debe tener por verdadero y qué por
falso. Ese elemento, o fundamento, es lo que Kant llamó la exigencia de la
razón.
Y es a propósito de
esto, de lo que yo hablo en mi intervención. Que, básicamente, se trata de
desmenuzar eso que ahora tanto está en boga como es la identidad. Digamos que
mi planteamiento es, parafraseando a Marx y Engels, ‘un fantasma recorre
Europa, América, el mundo... Y ese fantasma es la identidad’.
La identidad. Algo
de lo que los europeos creíamos que nos habíamos librado, como en su día nos
libramos de la peste bubónica y de otras enfermedades tropicales, pero que de
pronto reaparece con una fuerza tal que decide quien gana una contienda electoral,
la composición de los parlamentos, la agenda de los gobiernos, los programas de
los medios de comunicación, etcétera. Es decir, de pronto la identidad se ha
convertido en un factor de primer orden. Y esto es lo que me interesa
cuestionar. ¿Qué es eso de la identidad? ¿Hasta que punto es compatible con las
exigencias de la razón?
Pues... parece
que esto es así. Como usted dice, una buena parte de los pueblos de Europa
—particularmente en España— andan hoy enredados en acotar y
resaltar su identidad. Con lo cual, no parece que sea este el mejor momento
para abordar estos temas; asuntos tan importantes como la inmigración o la
relación entre culturas y religiones. En Europa, da la impresión que quienes
gestionan hoy el poder están más pendientes de salvaguardar sus esencias
—esa identidad que usted dice— que de atajar los conflictos. Unos
conflictos que se anuncian casi a diario, pero que nadie parece acertar a
abordar. ¿No lo cree usted así?
Lo que yo crea o
deje de creer no tiene importancia. En general, la política, se ha
desdramatizado; y eso es bueno; pienso que positivo. Pero, por otra parte,
observo que los políticos se plantean objetivos a muy corto plazo; un problema
que no es sólo de los políticos, sino de la propia sociedad. Vivimos en un mundo
que todo se concibe a muy corto plazo. Las cosas caducan muy rápidamente...
Cada vez más, asistimos a unos modos de gobierno guiados por una especie de
estado de sondeo permanente; los políticos se comportan como si fuera a haber
elecciones todos los días; sus movimientos están orientados por corrientes de
opinión que se renuevan cada minuto... Creo que ese interés inmediato por la
contienda política diaria lleva a hacer que la agenda se decida sobre la base
de unos planteamientos muy a corto plazo, y que no se sea tan consciente, como
se fue en otros tiempos, de que la democracia es una cosa extremadamente
frágil; un asunto que si no se maneja con delicadeza puede venirse abajo en
cualquier momento, puesto que está, y ha estado siempre, amenazada por incontables
factores. Creo que este es el principal problema de la política contemporánea. Ese
terrible corto plazo que domina la idea de administración, de gestión...
—Y luego
está esa evidente impotencia europea para desmontar, por decirlo de algún modo,
el viejo discurso etnocéntrico e intentar construir uno nuevo en el que los
inmigrantes que llegan tengan cabida. Un esfuerzo que no debería cesar, aunque
sólo fuese para mantener vivo el diálogo. Pero, ¿no sigue fagocitando el
pensamiento europeo occidental todo lo que toca?
Bueno, esto
requiere una nueva reflexión... Igual que Edward Said nos ha demostrado que lo
que aquí, en Occidente, llamábamos Oriente es una ficción, un conjunto de
imágenes totalmente ficticias, creadas por las necesidades de la colonización;
de la misma manera tendríamos también que ser capaces de demostrar que lo que
millones de personas en el mundo llaman Occidente —bien sea para
considerarlo el origen de todos los males, bien para mostrar su adhesión
inquebrantable—, es igualmente una ficción generada por el imperialismo. Por lo tanto, todos deberíamos apearnos de nuestra
postura de adhesión o de agresión, según los casos, pues Occidente no es más
que una ficción inagotable. Y, claro, como nos estamos adhiriendo a una
quimera, ninguna agresión (verbal, política, conceptual, etcétera) es
suficiente para matar un monstruo que no es más que un fantasma.
En el fondo, lo
malo de todo esto, insisto, es que tanto Occidente como Oriente son fantasmas;
fantasmas que se sostienen porque son de una gran eficacia... Ese es el
problema. Es como si se le dijeses a alguien: ‘mira, no existe Frankenstein, ni
existe el conde Drácula...” Pero se lo dices a alguien que todos los días ve
como vienen estos fantasmas y se llevan a sus hijos... Vete a decirle a esa
persona que sólo son fantasmas.
Por eso es tan
difícil desactivar esta ficción, acabar con su eficacia. Los estandartes “Occidente”,
“Oriente Medio”, “Oriente Próximo”, “Extremo Oriente”, y algún otro icono
similar, resultan hoy, desde el punto de vista geopolítico o geoestratégico, de
una eficacia demoledora.
¿No hay forma,
entonces, de deshacerse de estos clichés? Cierto es que ni siquiera en el
ámbito de lo privado, en la vida cotidiana, la sociedad europea se muestra muy
lúcida a la hora de discernir sobre aspectos tan pedestres (en cierta forma,
fantasmas también) como son el desenfrenado consumo navideño, la obsesión por
el ocio y cómo llenarlo, o sobre esa desmedida oferta cultural, anteriormente
citada.
El mercado no es
nada tonto y ahí se ve bien claro como se agarra a lo más profundo de nosotros;
cómo atrapa nuestras conciencias.
—Pero, ¿va
a ser posible entenderse o no? Porque con la realidad que usted está
describiendo...
Yo creo que sí; que
sí es posible entenderse. Otra cosa es que queramos. Lo difícil es querer. Por
lo tanto, no es un problema intelectual; es un problema de voluntad de
entendimiento. Yo no creo que pueda decirse que la razón es una invención
occidental u oriental. Es decir, por mucho que nosotros tendamos a pensar que la
religión viene primero y después la moral o la razón... La razón es algo
aparte, simplemente. La razón, en realidad, nada tiene que ver con los
argumentos cronológicos; y, por supuesto, en nada se parece a lo que puedan
argumentar las religiones, las culturas, etcétera. Solamente la gente que
distingue entre lo bueno y lo malo se hace la pregunta del millón: ¿qué pasará
si soy bueno? Una pregunta, precisamente, que es común de las religiones y en
general de la ficción... Que éstas sí tienen preparadas siempre “sus”
respuestas. Pero la respuesta objetiva, la de la razón, es: ‘Nada’. ‘O
cualquier cosa’. Porque no tiene por qué pasar nada. Y entonces, claro, como
esta respuesta es muy insatisfactoria, necesitamos de ficciones, entre las que
está la identidad.
Y esto es así. La
prueba de que hay algo previo a todo esto —que existe la razón,
digamos—, es que si nos preguntamos qué pasará si soy bueno, o que pasará
si soy malo... es porque de antemano sabemos qué es ser bueno y qué es ser
malo. Conclusión: desde este punto de vista, claro que hay posibilidad de
entenderse. Lo que pasa es que hace falta querer; y a veces entenderse es poco
rentable. La violencia, en cambio, lo malo que tiene es que es muy rentable.
—En este
sentido, a un observador de la realidad como usted, no dejará de llamarle la
atención cómo aquello que era “bueno” hace una década es hoy “lo peor”. Si se
observa Afganistán, por ejemplo, no hace tanto tiempo que Occidente vivía en
plena luna de miel con los fundamentalistas afganos. Hoy, sin embargo, son su
peor enemigo... Esta actitud camaleónica de Occidente, ¿a dónde nos lleva?
¿Puede ocurrir algo en Occidente, no ya que nos sorprenda, que nos conmueva?
¿De verdad es posible conseguir que las cosas cambien para mejor?
Sí, hombre, yo creo
que sí. En el caso de Europa observamos claramente como estamos asistiendo a
una conmoción... Ahora estamos descubriendo que eso de la Unión Europea no está
tan resuelto. Algo como la identidad, que nos parecía ya superado, van los
franceses, por ejemplo, y se preocupan de pronto por ‘qué es ser francés’; y lo
mismo le ocurre a los alemanes ‘que significa ser alemán’, y a los españoles...
Todos los días nos levantamos los españoles sobresaltados diciendo que es esto
o lo otro, qué es ser español... ¿Ser español es compatible con ser catalán,
vasco, o transexual? Son preguntas ridículas..., aunque sólo en apariencia.
Pues, el hecho de que nos las planteemos, creo yo, sí que nos obliga a remover
aquello sobre lo que se fundamenta nuestra sociedad.
—Al hilo
de esas preguntas “ridículas”... He leído en algún texto suyo que cuando
aparecen episodios de violencia como los que se vivieron hace dos años en
Francia, anteriormente en El Ejido (Almería), o en el asalto a las vallas de
Melilla, lo primero que se despierta en la gente es compasión; luego, si el
problema no se resuelve, llegará el temor; pero si la situación se enquista, la
reacción es el rechazo.
Así es... Y es así,
incluso, en contra de lo que podamos pensar del corazón humano, al que se cree
egoísta sobre todo. No, no. Somos bastante compasivos y, si vemos a alguien que
sufre, lo primero que sentimos por él es piedad. Lo que ocurre es que la piedad
es un sentimiento doloroso que nos obliga a hacer algo para dejar de sentir ese
dolor. Pero, claro, si no hacemos nada —bien sea porque no podemos, bien
porque no queremos—, como no nos gusta sentir ese “dolor piadoso”, nos
desentendemos del problema y, con el tiempo, la piedad pasa a ser miedo y
después asco.
—Hablando
de miedos, disturbios, rechazos, vallas... Los mismos guardianes (esos
poderosos estados europeos), que vigilan que nadie traspase sus fronteras, son
a la vez los que alientan que venga la gente con sus políticas colonialistas y
sus exhibiciones impúdicas de bienestar, ¿no cree? Supongo que la globalización
tiene estas cosas. Los individuos, los más frágiles del sistema siempre, andan
en estos estados del llamado Tercer Mundo bastante perdidos... ¡Todos quieren
venirse a Occidente! Puede parecer lógico... ¿Usted cree que aún es posible
poner orden en la llegada de esta marea humana al continente europeo?
Como decía aquella
canción de Cambalache: Que el mundo hoy es una porquería, ya lo sé... Pero uno no puede dejar de protestar, ¿verdad? Y también es verdad que
si no puede hacerse mucho, sí hay todavía espacios donde se puede actuar. No es
cierto que los estados no tengan ya ningún margen de maniobra. Sobre todo en
los más fuertes todavía queda un margen importante.
—Y
mientras se aclaran estos estados y actúan de una vez, ¿debe hablarse ya de
guerra, de confrontación entre civilizaciones? O habría que referirse, más
bien, a un desencuentro entre religiones. Claro que también puede pensarse que
los argumentos que hoy esgrime el Viejo Continente son sólo clichés; unos
clichés totalmente ineficaces, según parece, para gestionar una realidad que
tiene a todo el mundo en este momento confundido. ¿Cómo ve usted todo esto?
Yo lo que creo es
que en clave religiosa no se puede avanzar nada. Las religiones, por
definición, son dogmáticas. Y cuanto más se las obligue a explicarse mediante
determinados principios, más lo son; más dogmáticas se van a volver siempre...
Hablar de diálogo entre religiones, de un entendimiento entre religiones, es
una contradicción... Porque, justamente lo que hace un diálogo posible es
cuando se admite que hay otras posibilidades a las que podemos recurrir. ¿Por
qué nos empeñamos en buscar un factor común entre todas las confesiones
religiosas, cuando, en definitiva, de lo que estamos hablando es de la
posibilidad de un dialogo racional? La cuestión no está en buscar, pues, el
denominador común entre todas las religiones, sino en buscar el denominador
común de la argumentación racional, dejando a un lado los dogmas.
No creo que yo, sin
ir más lejos, me dejara representar por el Papa, por ejemplo, en un diálogo de
este tipo. No creo que el Papa represente lo que yo soy; lo que pienso... ¿Soy
occidental? Masivamente sí; pero si me pongo a repasar detalles como la ropa
que tengo puesta... A lo mejor me llevo una sorpresa, porque ¿qué es eso de ser
Occidental, Oriental...? Como dice muy bien Edward Said, son sólo etiquetas
que, en cuanto se convierten en experiencias reales, uno tiene que abandonarlas
porque con eso ya no va a ninguna parte. Entonces, cuando uno empieza a hablar
mucho de etiquetas... Es decir: cuando uno dice: “bueno, es que ser occidental
es esto”, “es que ser oriental es lo otro...” “ser musulmán es aquello...”
Entonces, malo... Está uno bordando el estandarte, la bandera... para ir a
luchar contra el enemigo. En definitiva, lo que uno está haciendo ya, de
entrada, es fabricar la imagen del enemigo.
Y este es un
componente innegable de la historia de la humanidad, creo yo. Rafael Sánchez
Ferlosio, probablemente con razón, apunta que “en realidad, el instinto de
reproducción de los seres humanos, o el llamado instinto de reproducción, no
obedece a otra cosa que a tener hijos para así poder vengar las afrentas de los
padres”.
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