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Conversacion con… Lourdes Ortiz
Con una conferencia que tituló Al otro lado del mar, la escritora Lourdes Ortiz inauguró en Tánger el Foro Observatorio Tánger Tarifa (FOTT). Un proyecto que propone trazar y consolidar nuevos caminos de acercamiento en el Estrecho, mar donde, indistintamente, Europa y África se alejan, se acercan cada día o... ¡Otra vez se separan!
Como no podía ser de otra manera, la escritora Lourdes Ortiz (Madrid, 1943) desembarcó al otro lado del mar, en Tánger, el pasado 22 de abril de 2006, con su equipaje vital al completo, dispuesta a ofrecer su experiencia y saber para ahondar en el diálogo entre las dos orillas. A ella le tocó inaugurar el primer Foro Observatorio Tánger Tarifa (FOTT); un proyecto que pretende ser homenaje a Edward Said, el palestino conciliador que propuso desprenderse de complejos para buscar libremente el entendimiento entre culturas.
La autora madrileña de Urraca, Fátima de los naufragios o La fuente de la vida, y de tantos otros textos comprometidos con la libertad de pensamiento, con las minorías y las mujeres en particular, o con esa parte de la sociedad que no ceja de batallar por la justicia, pronunció una conferencia introspectiva, a la que intituló Al otro lado del mar.
Llegó la escritora, pues, para abrir un camino nuevo desde España a la ciudad del Estrecho, en África. Una ciudad en la que la distancia entre ambos continentes se achica tanto que ni siquiera hay que abrir mucho los brazos para tocarse; basta, casi, con extender las manos hacia el otro, alargar los dedos y deshacerse de prejuicios, retóricas, complejos, culpas y acusaciones mutuas, celos y engaños, miedos... Deshacerse, sí, de tantos y tantos rencores que durante siglos han hecho de este mar —hoy un hilo frágil que se rompe y compone a diario— un abismo absurdo al que muchos se empeñan en convertir en muralla infranqueable.
Y así llegó la autora teatral de Electra o Las murallas de Jericó, a esta ciudad fenicia un día, romana luego, cartaginesa después, portuguesa más tarde, inglesa, portuguesa otra vez, española, y hoy marroquí... para poner sobre la mesa su experiencia de años, acumulada en añejas batallas por la dignidad de la vida, con sus viejos compromisos políticos. Compromisos siempre vigentes, y dispuesta a anunciar, en fin, que “el mar no es otra cosa que un camino abierto... más que para la disensión, para el entendimiento”. Porque el mar Mediterráneo, en otra hora Mare Nostrum, “no era una barrera entonces para el contacto y el intercambio”, insiste la escritora. “Al contrario”, recalca, “fue una gran balsa que llevó de una a otra orilla oleadas de pueblos desde la prehistoria; una balsa de comercio y de vida, de restos comunes, de gentes mezcladas, superpuestas sobre una población que se iba adaptando, fundiéndose con los recién llegados...”
No obstante, no pierde la autora de La caja de lo que pudo ser, la perspectiva. Una perspectiva que la realidad acota siempre, y en la que reconoce esta escritora madrileña que la población de la cuenca mediterránea que iba fundiéndose en crisol a lo largo de los siglos y, sin duda, en desigual calidoscopio, era, en parte, “ajena a las luchas de poder de las invasiones sucesivas y a los cambios de dominio”. Y por eso, quizá, se entendía y convivía esta gente; al menos en los períodos de transición y calma.
Hoy “todo se sabe”, sin embargo. Y esta es la causa principal del desencuentro y del muro imaginario, vigilado, con el que occidente pretende blindar el Mare Nostrum en estos momentos. Porque es esa globalización, a la que tanta importancia se le da y sin duda tiene, la que pone sobre aviso a quienes de un lado y del otro de este mar se aventuran y cuestionan lo establecido. Hoy la posibilidad de una difusión universal de los hechos, en escasos minutos, puede “dar alas” a la represión más brutal, como sucediera en el asalto a las vallas de Ceuta y Melilla. Aún así, la sociedad acomodada digiere sin problemas las crueles imágenes... Es decir, mientras la tecnología y la información imposibilitan la ignorancia y, en consecuencia, la convivencia bucólica de antaño, el Poder ahonda más, profundiza en el abismo que pretende sea el Mediterráneo.
Pero no vino Lourdes Ortiz a Tánger a ahondar en los porqués de los conflictos, sino a ofrecer su experiencia vital, como se ha dicho, y a proponer que sin prejuicios cada cual aportase lo mejor de sí mismo para construir un futuro de entendimiento que, mayoritariamente, se cree que a todos interesa.
Ella tuvo a bien, en su conferencia, contar el propio recorrido por la vida para que todos los presentes escuchasen que los españoles en su conjunto, en su devenir histórico, no han tenido una experiencia tan distinta de los que viven en ésta o en otras orillas, si se hace salvedad de esa religión que en cada caso se practica y que sí, desgraciadamente, se utiliza más de lo debido para establecer diferencias. Porque los españoles tuvieron que emigrar a América primero y luego a Europa, contó Lourdes Ortiz. Sufrieron cuarenta años de dictadura en la época más reciente; han soportado a una iglesia católica intolerante hasta hace bien poco, y han debido desmontar ideologías y postulados imperiales, grandilocuentes y totalitarios discursos, argumentaciones maniqueas, y no pocas acciones manipuladoras... que sólo con la llegada de la democracia pudieron superar.
Esto fue lo que contó la escritora en la apertura del FOTT. Y avisó, de paso, que cómplices o pretendidos inocentes, todos los europeos saben (y también los de este lado del Estrecho deberían saberlo) que hay un Poder que interpreta, manipula, decide e “inventa” guerras, con tal de hacerle creer al mundo que hay un Nuevo Orden, con un nuevo Enemigo... Ese supuesto eje del Mal que los últimos quince años ha servido para justificar las tropelías que la humanidad ha tenido que ver en la televisión a diario, en directo y repetidas.
Conversando en la terraza del hotel Minzha con la autora de Antes de la batalla supimos que el regalo que le hiciera, cuando tenía 12 años, el periodista José Antonio Nováis de su libro Cristo Federico, con la consiguiente dedicatoria (“A Lourdes Ortiz del viejo compañero y amigo de tu padre; a ella que también algún día escribirá paginas como estas”) (“o algo parecido”, puntualiza la autora), no cayó en saco roto y la puso “probablemente”, dice Ortiz, en ese camino, entonces impensable, de la literatura que hoy, ya, acapara gran parte de su acción y de su vida. “Es verdad que la literatura no cambiará el mundo, pero sí estoy segura que, de alguna manera, nos hace entender que todos, en distintos lugares y diferentes épocas, somos hombres y mujeres que amamos, sufrimos y compartimos los mismo sueños de bienestar, el anhelo de un mundo diferente, la capacidad de transformar y luchar por aquello que nos confirma que todos somos iguales, seres humanos desarraigados, padeciendo las inclemencias de los tiempos, los desmanes de los poderosos, la ingratitud, la soledad y el miedo, pero también la esperanza y la certeza de que podemos darnos la mano y seguir andando juntos frente a todos aquellos que se empeñan, una y otra vez, en convertir el planeta en un lugar inhóspito de miseria y terribles enfrentamientos”, evocaba la escritora en la parte final de su conferencia.
También la política, la reflexión constante, ha ocupado y preocupado largamente a la autora de Comunicación y crítica. “El intelectual”, asegura, “ya no tiene el papel que tenía en el siglo XIX; su papel es menos determinante. Sin embargo, lo que si debe pedírsele es coherencia; coherencia sobre todo cuando se expone ante la sociedad o cuando participa del debate social y político en los medios de comunicación, por ejemplo. En esos casos deberá expresarse con independencia y con todas las consecuencias...” Y aún va más lejos: “Los intelectuales deben saber que lo que dicen tiene, sin duda, una repercusión... Es lo que llamamos el efecto mariposa... Por eso deben medir sus palabras”. Lourdes Ortiz reclama para los intelectuales independencia; la libertad de pensamiento como “algo fundamental”. “Ahora a cualquiera se le llama intelectual”, reflexiona en voz alta. En opinión de esta polifacética autora abundan muy poco los verdaderos intelectuales. Ella cree que la mayoría que dicen serlo, son, a la postre, voceros de ciertas estructuras de poder y, en última instancia, de modas o tendencias políticas.
Así que la autora de Los motivos de Circe no llegó a Tánger con las manos vacías, sino que dictó su conferencia ofreciéndose, de alguna manera, ella misma. “Todo con tal de romper barreras, tópicos, visiones preconcebidas y encontrar un lenguaje común que nos devuelva la proximidad y el contacto sin miradas paternalistas o simplemente cargadas de buenas intenciones”, había dicho al principio de su disertación en la sede tangerina del Instituto Cervantes.
Precisamente, en esta intención de propiciar el debate “entre iguales”, es en lo que abunda más la escritora mientras mantenemos la citada entrevista. Lourdes insiste y desmenuza su idea: “En occidente nos vence la culpa. Nuestra opulencia y prepotencia nos lleva a pensar que somos culpables y para liberarnos de esta culpa, de alguna manera, demonizamos el Islam”.
Pero no exculpa tampoco a quienes viven en esta otra orilla del Estrecho. A ellos les pide que “asuman sus errores”, que se libren, de alguna forma, de esos complejos que tienen también; complejos de víctimas o inferiores que les impiden dialogar muchas veces. Les pide que los verbalicen al menos y dejen a un lado el recurrente dogmatismo de acusar a Occidente, como si este no fuera otra cosa que un Ente (casi abstracto) con el que va a ser imposible reconciliarse. Les dice que esa postura, a la postre, no hará más que hacerles sentirse inferiores. Ortiz pide que se hable entre iguales, en “un territorio común”, sin complejos. No excluye de su análisis esa realidad polimórfica en la que se asientan los países islámicos, con un statu quo complaciente con los poderosos e injusto con las mayorías sociales. Y para empezar a cambiar, nada mejor que acabar de una vez con el sometimiento y la desigualdad a la que viven expuestas las mujeres.
Desde hace ya años pasa gran parte de su tiempo en Almería. Allí escribe a veces y desde allí ha podido ver, sentir y sufrir la marea y el trasiego de los emigrantes que llegan desde África en patera. Allí, en la ciudad mediterránea del sol y la calma ha escrito su libro de cuentos, quizá más conocido, Fátima de los naufragios. Un libro que no es más que un alegato en favor de la vida y contra la sinrazón de tener que echarse a la mar sin un salvavidas, y sin la menor esperanza de conseguirlo.
Lourdes Ortiz cierra el círculo hoy, cruza el Estrecho, y en Tánger propone empujar una nueva ficha... Un ficha de esas del juego del dominó que se colocan verticalmente, se acarician unas a otras cuando se empujan suavemente, y, como si fueran cosiéndose ellas solas, constituyen el mundo más mágico que uno pueda imaginarse; un mundo al que cada cual incorpora su vida como si fuera otra ficha para aventurar el futuro; un futuro juntos.
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