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Conversacion con… Pedro Molina Temboury
Pedro Molina Temboury (Málaga, 1955) llegó a Tánger y agitó un poco más, si cabe, esas aguas procelosas del Estrecho en las que los encuentros y desencuentros se suceden, mientras la historia va tejiéndose sobre esas complicadas relaciones que siempre mantuvieron Oriente y Occidente. Dejó dicho el escritor, tras su paso por la ciudad marroquí, que “la sensación que él tenía”, después de haber viajado por casi medio mundo, era la de haber encontrado “un mundo cercano y uniforme, más que una Tierra de abismos”. Luego precisó: “Todas las culturas responden a pulsiones parecidas: el miedo a la muerte y las dudas que entraña el deseo de perdurar; el conflicto del amor y el del paso del tiempo...” “Estas preocupaciones” —explicaba, por la mañana, en la charla que mantuvo con el alumnado del instituto Severo Ochoa— “siempre están presentes entre los pueblos”.
Por la tarde, el autor de Viaje a los dos Tibet o de Volcanes dormidos, argumentó, en el salón de conferencias del Instituto Cervantes, en favor del acuerdo y del reconocimiento del otro... “Siempre a partir de lo que nos une”, precisó. “Debemos fijarnos más, mostrar mayor interés en lo que nos une que en lo que nos separa”, dijo. Y recordó que “España había sido también un país que despertaba la curiosidad europea no hacía tanto tiempo”, además de haber sido motivo de estudio y análisis para intelectuales. “Como lo es hoy Marruecos, de alguna manera”, concluyó.
El autor de libros de poemas como El Mago, de las novelas Adiós, Padre Eterno, y de guiones de cine y de documentales fue, asimismo, profesor en la costa andaluza del sur... —“Viví en Conil de la Frontera cinco años, frente a Tánger, al que veía brillar todas las noches.” —. Pero esto apenas duró un tiempo, y el viajero impenitente que es Molina Temboury, pasó, acto seguido, a ser un agitador cultural en Buenos Aires, donde puso en marcha, en 1987, el Instituto de Cultura Iberoamericana (ICI).
Ahora, tras su visita a la ciudad del Estrecho, el escritor deja dicho que no será tan difícil convivir en el mundo si unos y otros no se aplican más a trabajar en favor de lo que une a los seres humanos, dejando las experiencias históricas negativas y los malentendidos para los debates, mientras se impulsan el diálogo y acciones positivas.
El director de documentales como Yangtsé: La Nueva China y el Viejo Río, explica, en un momento de esta conversación, que su gran aventura vital comenzó cuando decidió dejar Madrid, la ciudad, entonces, del optimismo y la movida, y trasladarse al pueblo gaditano de Conil, donde la rutina, entonces, era lo que destacaba. “Aquel fue mi verdadero viaje, digo siempre; al menos en el sentido profundo del término”, explica Molina Temboury. “Mucho más viaje, sin duda, que ir después a Buenos Aires para poner en marcha el ICI... Porque irme a Argentina, en cierto modo, fue como volver a Madrid, aunque estuviese esa ciudad a 10.000 kilómetros de distancia”.
Por eso, hablar de Orientalismo al revés... —lema del FOTT—, o del acercamiento entre ambas orillas del Estrecho, apenas separadas por una río de agua de 14 kilómetros, no debería ser “tan complicado ni complejo”, en opinión de este escritor, ni provocar tantos recelos como provoca, si se partiese de esa idea que él defiende, que no es otra “que en el mundo está todo más cerca de lo que parece”.
- Parece inevitable pues, preguntarle, cómo ha llegado hasta aquí. ¿Cuándo y por qué contactó usted con el FOTT?
—Me habló de ello José Tono Martínez, al que conozco desde hace tiempo. Me pareció un proyecto razonable e interesante. Sin duda se centra en un tema que está entre los que más preocupan hoy a la humanidad. Las relaciones entre Occidente e Islam o entre Oriente y Occidente si se quiere, y todo lo que ello conlleva, son, probablemente, algunos de los temas más serios que van a tener que afrontar los gobiernos occidentales en las próximas décadas. Así que pienso que cualquier esfuerzo que hagamos al respecto, para tender algunos puentes, será bienvenido. Otra cosa es pensar que el FOTT pueda cambiar las cosas de inmediato... No creo que quienes participemos en él vayamos a cambiar nada a gran escala. Pero el FOTT sí puede, en cambio, en mi opinión, lograr algo tan sencillo como ayudar a conocernos mejor los españoles y los marroquíes. La realidad es que España ignora a Marruecos... Y en Marruecos... No sé... Tampoco creo que se sepa mucho de España. Luego, claro, está esa retahíla de tópicos que unos y otros compartimos y manejamos a diario. En España, por ejemplo, nada se sabe de la literatura o de la filosofía marroquí; tampoco se conoce mucho mejor cómo piensa hoy esta sociedad. Desde el punto de vista intelectual somos vecinos que nos ignoramos. Por eso creo que el FOTT puede ser importante, porque puede ayudar a avanzar un poquito más en el conocimiento mutuo. Lo que de verdad encuentro extraño es que estando tan cerca como estamos, apenas a un puñado de kilómetros, nos ignoremos tanto. Miremos si no a Andalucía; no hace falta ser muy lince para ver que el sur vive de espaldas al país magrebí.
- Abundando en esa idea de acercamiento, tal vez su experiencia por haber vivido en otros países, su condición de viajero, puedan aportar algún nuevo punto de vista al respecto.
Bueno, no lo sé. Después de haber pasado tres años en Buenos Aires volví a España con la sensación de haber impulsado a toda una generación de intelectuales, argentinos y españoles, hacia un mutuo conocimiento; actores, escritores, pintores... Toda una generación de artistas que floreció a través del ICI, con la que interactuábamos continuamente. No sé si esta experiencia puede extrapolarse a Marruecos.
- ¿Pero usted cree que esa experiencia “argentina” podría trasladarse a aquí?
De entrada, con Marruecos, ocurre al revés. Aquí es la cercanía la que une, amén de aquellas experiencias... conocidas, de hace siglos. Pero, puestos a buscar soluciones ahora, deberíamos fijarnos en esta cercanía física que tenemos y aceptar la radical diferencia que parece que nos separa como un simple escollo a superar en los debates. Porque no hay que olvidar que nuestra condición “de seres humanos” mitiga siempre las que parecen radicales diferencias. Así que, para empezar, podría aquí partirse del binomio cercanía-diferencia, como en Argentina partimos de la lejanía-similitud. Creo que Marruecos es hoy uno de los países más interesantes del mundo árabe; un país que ha conservado bastante bien sus tradiciones. También España, en este sentido, fue, durante mucho tiempo, un “reducto” en Europa y un espacio observado con curiosidad por los extranjeros. Esta podría ser una idea para analizarla en común y, desde luego, para tenerla en cuenta en el diálogo entre ambas orillas. El “halo exótico” que Marruecos parece que aún tiene, lo tuvo España no hace mucho. Podría ser éste un punto de partida, ¿no? Ambos países comparten las miradas foráneas de extrañeza; su “prurito” de exóticos. También en España éramos raros, impermeables a la modernidad, creyentes ultramontanos... Vivíamos bajo una dictadura, atrapados por una tradición que aún hoy prevalece en muchos casos. Podría ser éste, como digo, un argumento común de reflexión.
- Esto nos lleva a pensar que en Europa se maneja un doble discurso: mientras desde la política se propugna el desarrollo democrático sin tapujos, en la práctica las actuaciones de Occidente están plagadas de subterfugios. ¡Ay, la doble moral!
Claro, sí. Vamos a ver. Analicemos las relaciones, por ejemplo, de España con Marruecos. Marruecos es exportador de productos agrícolas a la Unión Europea; un productor como España, su competidor natural... ¿Y qué hace España? Se pone a cultivar los mismos productos en un desierto y crea infraestructuras tremendas con capital centralizado que colocan en Europa los mismos productos, a un precio más alto, gracias al proteccionismo, dejando, de paso, sin salida a los productos marroquíes. Unos productos que podría perfectamente exportar Marruecos, si es que Europa (o España en este caso) quisiera ayudar de verdad a los marroquíes en su desarrollo. ¡Y luego nos preguntamos por qué vienen los marroquíes a trabajar a los invernaderos! La Organización Mundial del Comercio (OMC), no nos quepa duda, es hoy la responsable del orden mundial que tenemos; un orden basado la protección del mercado.
- ¿Qué puede hacerse ante eso? ¿Qué papel corresponde, en este caso, a los intelectuales?
¿A los intelectuales? Desde luego, poco pueden hacer los intelectuales. Si acaso reunirse, denunciar, opinar... Que, por otra parte, es lo que hacen. Reuniones como ésta del FOTT... Los intelectuales deberían intentar y ver si al menos, en el plano cultural, pueden desarrollarse de verdad proyectos conjuntos, porque en el campo de la economía ya se ve que, de momento, es bastante difícil conjugar los intereses de ambas orillas. Y es un error. Porque tampoco Occidente puede vivir pensando que los países musulmanes van a ir “a su ritmo” por sí solos, quemando las etapas del atraso que tienen... ¿Que ésta es la filosofía de la Unión Europea? De acuerdo. Pero, como se está viendo ya, esta política no sirve fuera del espacio europeo. El mundo no puede esperar a subir escalones según lo quiera o no Occidente. O se aborda de una vez, en serio, el reparto de la riqueza, o la inmigración hacia Europa será imparable.
- ¿Cree usted que esta situación puede avocar a un conflicto?
No, necesariamente. Va a cambiar, está cambiando ya, la posición de aquellos estados que se consideran potencias mundiales. Los focos de influencias se están corriendo hacia Oriente, hacia el Pacífico... Ahí está China... Por otra parte, puede que suene un tanto literario, pero en el esquema que está trazando el mundo de cara al futuro, Europa queda fuera de ese centro neurálgico de influencia. La cultura occidental ya no es la cultura europea... Ahora no se abren en el mundo bistrots franceses o pubs ingleses; lo que funciona son los macdonals y los locales de comida rápida; todos de raíz americana. Porque el modelo a seguir no es ya el de Europa, sino el de la cultura americana.
- ¿Qué será entonces de Europa?
¿Quién lo sabe? Seremos como Grecia en el espacio del Imperio Romano... Un espacio culto. Creo que el imperio actual, insisto, se gobernará lejos de Europa. Porque, desgraciadamente, los imperios no se sostienen con las buena ideas, sino con las armas y el dinero.
- Mientras tanto, parece que el mundo va hacia la globalización.
¿Globalización? ¡Cuidado con la palabra! Vivimos, obviamente, en un mundo en el que los medios de comunicación cercan y acercan todo. Y a veces las palabras cobran sentidos contradictorios o imprecisos. Eso de que ahora vivimos en un mundo globalizado no es muy novedoso. Antes también era así, aunque de otro modo. El mundo ha estado globalizado siempre, diría yo. La idea de un mundo regido por un poder uniforme ha existido siempre. Ahí está la nostalgia del Imperio Romano; y no olvidemos la civilización china, la de la India... El mundo ha sido global muchas veces, creo yo. Ahora lo que ocurre es que percibimos un mundo cercano a través de los medios de comunicación; y esa sensación de inmediatez nos confunde; quizá porque las cosas van y vienen casi instantáneamente de un extremo a otro del planeta.
- Sin embargo, la sensación de cercanía de quienes viajan en cayuco, pongamos por caso, desde Senegal o de cualquier país de África hasta Canarias, gracias al GPS o por haber visto casi todo mediante las antenas parabólicas de la televisión, es real. No es, desde luego, la sensación que tenían aquellos hombres que tardaban varios meses en un viaje trasatlántico o años en dar la vuelta al mundo, ignorando casi todo lo que no tenía que ver con ellos y su entorno.
Insisto en que la globalización es más una sensación cultural de cercanía que otra cosa. La globalización es siempre económica y a este aspecto me refiero cuando digo que siempre ha existido. Porque está claro que lo que hoy llamamos globalización no es cultural ni política... Pero, como ya he dicho antes, cuando Senegal era una colonia francesa estaba globalizada... Aquel anciano senegalés que conocí en una playa de Dakar y me contaba: “Yo era francés, ¿sabe?; luché en dos guerras mundiales, la del 14 y la del 45, y ahora me dicen que soy senegalés y que me quede aquí...” Europa entonces ya pertenecía al mundo global, como se ve. Y ahora se desentiende de lo que está más allá de sus fronteras. La globalización, a mi entender, es sólo una palabra talismán que admite muchos matices. ¿O no es así?
- Quizá sea así. Pero, volviendo al tema principal de esta conversación, por lo que respecta a las mujeres, ¿no cree usted que su situación en los países islámicos dificulta y añade nuevos temas de conflicto a las relaciones de estos países con occidente?
Los cambios experimentados en torno a la mujer han sido la gran revolución del siglo XX. De esto ya no hay dudas. El cambio ha sido universal; prácticamente ha llegado a todos los rincones del planeta. No hay una sola mujer que al enterarse de que puede liberarse de la tutela de su padre o de la del marido no desee hacerlo. Quizá el fundamentalismo religioso responda, en buena parte, al miedo que los hombres de estas sociedades tienen a que las mujeres se liberen, a que conquisten los derechos que tiene ya el género femenino en Occidente. El proceso es imparable, creo yo. Esta es la única revolución que va a ser imparable, insisto, pues no hay una mujer en el mundo que no desee ser libre en el fondo de su corazón. Y, desde luego, sí; sí creo que la percepción que tenemos en Occidente del trato que reciben las mujeres en los países musulmanes añade elementos de roce...
- Aquí, en Marruecos, efectivamente, se nota ese esfuerzo del que habla... Las mujeres están empezando a aparecer en el espacio público y hacen notar su presencia. Eso ayuda, sin duda, a consolidar la incipiente democracia. Creo que nadie duda hoy que las mujeres marroquíes son esa fuerza emergente, poderosa, que más está haciendo, por el país, quizá, en estos momentos.
Yo estoy convencido que la mujer quiere su independencia económica y, si es así, tarde más o tarde menos, la conseguirá. Es un cambio, se está viendo, que revolucionará a estos países. Por tanto, este es un fenómeno que a la larga no va estar determinado por llevar o no el velo...
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