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Conversacion con… Ruth Toledano
He aquí una mujer que vuela alto. La feminista Ruth Toledano (León, 1963) pasó por Tánger para exponer su idea de que el mundo, tal y como está ahora, no sirve. “Hay que cambiarlo”, dijo, rotunda, en la conferencia que impartió en el Instituto Cervantes de la ciudad del Estrecho. La mujer con alas, título de su exposición, fue una reivindicación rigurosa y documentada de por qué es necesaria la igualdad entre todos los seres humanos sin distinción. Su exposición atrevida y sin paños calientes a punto estuvo de dejar damnificados entre la concurrencia, que reunió, además de un nutrido grupo de la colonia española, a algunas mujeres veladas y a hombres marroquíes que, por lo que éstos dijeron después, en el turno de ruegos y preguntas, el feminismo sigue siendo para ellos “algo maligno e inconveniente”.
La conferencia fue un alegato sincero en favor de la justicia universal, sin distinción entre géneros. El género femenino tuvo esa noche, el pasado 14 de diciembre de 2006, y gracias a esta activista, una valedora comprometida durante las más de dos horas que duró la conferencia y las posteriores preguntas de la representación marroquí y española. Ruth Toledano recordó los problemas de autoestima que tienen hoy las mujeres marroquíes en España, al sentirse perdidas entre la realidad social que han de afrontar a diario y las creencias y normas que configuran su vida privada. Pero, para que nadie pudiese dudar de su análisis, y alegase que era parcial, la escritora y columnista llevó sus argumentos a un territorio común, la comunidad universal, desde donde lanzó sus mensajes: “Hay que acabar con el miedo que tienen las mujeres a los hombres; con ese discurso masculino, machista, que sólo pretende someterlas utilizando el dictamen y la interpretación interesada de la religión. ¡Basta ya del sometimiento de la mujer a lo que digan los hombres!” Y para que nadie dudase de cual era su postura social y política, Ruth Toledano recordó: “Yo defendí en su día la prohibición del uso del velo en las escuelas, en Francia... Cosa que casi ningún intelectual español se atrevió a hacer... Prácticamente, sólo el ya fallecido periodista Haro Tecglen estuvo de acuerdo conmigo. Fue una decepción, desde luego, esa falta de apoyo; la verdad, me sorprendió. Pero, independientemente de las manifestaciones públicas de uno u otro signo, el velo está claro que es una forma más de represión; un instrumento ideológico para someter y humillar a las mujeres; desde antes, incluso, de que existiera el Islam”.
La conferencia fue fuego. Ardió en un lugar, en un país, donde todavía las mujeres deben acatar la voluntad del marido o del padre, incluso del hermano, aunque éeste sea mucho más joven que ellas, para poder casarse, salir a determinadas horas a la calle o viajar...
Militante feminista, Ruth Toledano no se arredró y siguió por la senda que traza la lucha por la igualdad. Aportó datos: “Todavía los salarios, a igual trabajo, son un 34% más bajos para las mujeres que para los hombres”. Denunció la violencia física machista: “Más de medio centenar de mujeres muertas en España cada año sólo por esta causa. Y en otros países, como Marruecos, ni siquiera se sospecha cuántas pueden ser...” Habló de la violencia psicológica —“la peor de todas; la que más destruye”, dijo—, de la explotación económica femenina... Y al final concluyó: “Esto es lo que hay. Y no nos gusta a las personas que nos consideramos de bien lo que está sucediendo... La situación hay que cambiarla. Porque la reivindicación de la igualdad entre hombres y mujeres nos beneficia a todos; también a los hombres. Además, la igualdad es un derecho universal”.
Por la mañana, la escritora ya había advertido al alumnado de bachillerato del instituto Severo Ochoa cuál era su forma de pensar. “Defiendo la libertad por encima de todo y las causas de aquellos que tienen más dificultad para hacerse oír: feministas, homosexuales... y los derechos de los animales... Soy animalista porque el género humano está cometiendo un verdadero holocausto con la especie animal”. Mas, para evitar que las chicas y chicos pensasen que no es un ser como todos, una persona como cualquier otra, con sus dudas y debilidades, enseguida añadió. “Tampoco es que una sea dura como un pedernal, inmune al desaliento, no; no creáis. A veces también lo veo todo muy negro”.
Ruth es una activista declarada. Allí donde haya una causa que defender, allí estará ella. Lucha por la justicia y por rescatar la bondad que cada cual lleva dentro, con el fin de que “entre todos”, dice, se pueda mejorar este mundo. Al alumnado del instituto le contó, al principio de su charla, sus primeros recuerdos, aquéllos que nacen de cuando vivía en un pueblecito perdido de León, con su abuela, que era maestra. “Una mujer educada con el ideario de la Institución Libre de Enseñanza que, de alguna forma, supo impregnar mi inconsciente, creo yo, de esa tendencia que tengo a defender la justicia y a los más débiles”. Luego les habló de libros. “Los libros me han salvado la vida. Cuando me siento triste, los libros me cuentan cosas que me transportan, me permiten vivir otras vidas”, les dijo.
El mundo se impregna de aquello que produce, opina Ruth Toledano: violencia, odio, rencor, espectáculo, sometimiento del otro... En una conversación más reposada con la escritora a raíz de su participación en el Foro Observatorio Tánger Tarifa (FOTT), la autora no deja pasar la ocasión y repite que “las mujeres no deberían permitir que los hombres las utilizasen”. Este es uno de sus faros-guía en la vida. Hay otros, como el de la lucha por la libertad y el respeto a la opción sexual de cada uno, o el de la defensa de los derechos de los animales, ya mencionadas. Sobre estos temas, además de los ineludibles a cerca de la Bondad y la Justicia (con mayúsculas ambas), giró la charla con ella, feliz de vivir en un mundo que le permite expresarse, pero triste porque aún hay muchos otros mundos, algunos muy próximos, en los que las mujeres y tantos otros seres humanos sufren, o no cuentan apenas en la sociedad. “Todos deberíamos entender que las mujeres son dueñas de sí mismas: desde las uñas de los dedos de los pies hasta la terminación de sus cabellos”. Y es desde esta frase rotunda, en el vértice de su pensamiento, desde donde se desencadena, sin artificios ni ambages, esta entrevista.
—¿A qué ha venido usted a Tánger? Dado su forma de pensar, ¿no cree que se ha metido en un avispero? ¿Cree que aquí podrán entenderla? Quizá la acusen de ignorante, de no conocer la cultura de este país...
Tengo tendencia a decir sí, cuando me invitan. Y me invitaron a hablar aquí, en Tánger, para exponer mi pensamiento. En aquel momento no pensé que pudiera tener mayor importancia la conferencia... Luego, cuando tuve ya que enfrentarme a ella, y comencé a prepararla, coincidió en unas fechas en las que andaba yo muy cabreada... Por muchas cosas... También por el lío que se había montado con la publicación de las caricaturas de Mahoma en Dinamarca. Estaba enfadada con ellos, con los musulmanes; no entendía, ni entiendo ahora, que algo que debería pertenecer estrictamente al ámbito de lo privado, como es el sentir religioso, se estuviese utilizando de estandarte político, quemando banderas o sirviese de disculpa para boicotear productos y empresas... Yo sé que vivimos en un mundo mediatizado, que la información que nos llega no dice toda la verdad o está manipulada, contaminada, pero precisamente por esto no podemos retroceder ni ceder en aquellas conquistas que la humanidad ya ha hecho suyas, como es la libertad de pensamiento individual.
Mientras preparaba la conferencia pensaba en mis vecinos del barrio, una familia jordana, musulmanes; una familia encantadora que tiene dos hijos, que vienen todos a mi casa a comer las uvas de fin de año... Llevan en Chueca más de una década... Saben que aquí viven muchos homosexuales. Y, sin embargo, de vez en cuando, me sorprende el padre, nada reaccionario en principio, diciendo algo despectivo “contra los maricones”. ¿Qué está pasando? Está en nuestra casa y se niega a entender... Así que pensé que tenía que venir a dar mi opinión; eso sí, con todo el respeto para quienes viven aquí.
—Y acá que se vino, a aportar su grano de arena.
Sí, porque tengo la impresión de que en Europa estamos retrocediendo... Como si estuviésemos decantándonos hacia atrás con tal de no molestar... Eso, como digo, dando la impresión de que vamos a renunciar a conquistas que yo creo que son irrenunciables: la igualdad de la mujer, la libertad religiosa, el derecho individual independientemente del género al que se pertenezca. Es como si Europa se sintiese culpable de su pasado colonialista y quisiese arreglarlo ahora con buenas palabras. Cosa que no está mal, desde luego; pero que no debe hacerse a cambio de nuestros valores. Y si hemos cometido errores, es cierto, también las culturas que adornan a muchos de los países musulmanes tienen defectos: retrógradas, machistas...
—¿Entonces, le preocupa o no haber venido?
Bueno. Al principio me decía que cómo iba yo a venir a Marruecos, pensando como pienso. Tampoco puede uno llegar a una casa ajena y decir cualquier cosa... así, de buenas a primeras.... Así que me lo pensé dos veces. Pero al mismo tiempo creo que con respeto y educación siempre pueden decirse las cosas; decir lo que se piensa; sobre todo si te han invitado a hacerlo. Y a mi me habían invitado a estar aquí.
—¿Para usted hay ideas que están claras, no?
Sí, las mías sí, desde luego. Aunque soy consciente de mi ignorancia sobre ésta y otras culturas... Pero no por ello renuncio a defender los valores que creo universales y justos; valores como los que propugnan la igualdad de la mujer.
—De todos modos, ¿no cree usted que el recurso manido de “usted no puede opinar porque no conoce esto”, es un discurso reaccionario e inculto; un discurso de alguien que se siente acomplejado?
Sí, claro, algo de eso hay... Cualquier observador se da cuenta hoy, por la información que nos llega desde los países islámicos, que la opresión de la mujer es brutal; de acuerdo, el mensaje puede que esté manipulado, pero eso no me impide hacer mi propia reflexión y discernir sobre ello. Así que no tengo dudas de que puedo opinar... De que tengo capacidad para formarme una opinión al respecto. Y yo opino que tengo una gran preocupación por estos países; preocupación que tiene que ver con esa estructura social, absolutamente machista, que discrimina y oprime a la mujer, absolutamente...
—Además, hoy está todo interrelacionado...
Exacto. Ahora estamos viendo que no podemos abstraernos de una realidad que nos afecta a todos. Asistimos a una convulsión mundial... Los españoles estamos en una posición de influencia directa. Somos vecinos de países como Marruecos, vivimos al lado, aunque seamos distintos... Están viniendo miles de musulmanes a España... Lo que dice Fadela Amara [activista francesa, de origen argelino, luchadora incansable en favor de los derechos de las mujeres, y autora del libro Ni putas ni sumisas] debemos tenerlo muy en cuenta. Fadela viene a decirnos que “estemos alerta”. ¡Y nos lo dice una musulmana, eh! Que nos fijemos, advierte, en los ejemplos de Francia y Holanda para que no nos ocurra a los españoles lo mismo... Fijémonos en esa Holanda adalid de las libertades y del progreso, defensora de las minorías como nadie, y que, sin embargo, ha ido incubando sus fobias también... Unas fobias que han llegado a provocar hasta crímenes.
—¿Cual cree usted que es el problema? ¿Y qué hacer una vez esté identificado?
Según Fadela Amara el problema está en los guetos y en la frustración que generan. Ella explica que la emigración árabe a Europa no tuvo jamás la oportunidad de integrarse en la sociedad a la que llegó... Una situación que ha desembocado en ese polvorín, por ejemplo, que en el año 2005 estalló en Francia. Fadela nos recuerda que ella se educó en “una terrible contradicción”. ‘Por un lado’, cuenta, ‘me educaron como una francesa más, como una hija de la República, pero, por otro, no tuve las mismas oportunidades que la mayoría por el simple hecho de ser hija de emigrantes’. Es probable que aquí esté el problema, o al menos parte de él. Ahora lo que ocurre, creo yo, es que el integrismo está aprovechando esta situación para captar sus adeptos... Y, España, en este sentido, debe tomar buena nota para evitarlo.
—Llegando a este punto, siempre surge la misma pregunta: ¿Estamos unos y otros: europeos, musulmanes, cristianos, occidentales y orientales en general... en condiciones de abordar, con total sinceridad y dejando a un lado el pasado, la nueva situación que se plantea en aras de poder convivir? ¿O, por el contrario, estos desencuentros no han hecho más que empezar?
Pues no lo sé, pero habría que empezar aceptando que todos tenemos nuestra parte de responsabilidad en lo que está ocurriendo, ¿no? En mi caso yo me considero... lo que podríamos llamar una persona progresista; alguien de izquierdas, para entendernos. Y, desde esa postura, tengo muy claro que los progresistas, que tenemos aún, creo, ese sentido de la solidaridad, ese respeto al otro, y no creemos en nacionalismos trasnochados ni en todas esas cosas, tenemos, en cambio, la responsabilidad de seguir defendiendo lo que hemos defendido toda la vida, es decir, las conquistas sociales e individuales que nos hacen más libres. Y no que ahora, por miedo a herir ciertas sensibilidades, a ciertos musulmanes, o vete tú a saber a quién, caemos en discursos cobardes desde mi punto de vista, políticamente correctos, eso sí, pero que sólo sirven para poner paños calientes... Unos argumentos que luego llevan a algunos a defender y a aceptar situaciones indefendibles, a mi entender.
Ocurre también, en este sentido —y últimamente se ha visto así—, que si manifiestas tu opinión sin tapujos, automáticamente te identifican con grupos reaccionarios con los que nada tienes que ver. Por ejemplo, si yo estoy en contra del velo en la escuela, muchos me tacharán enseguida de ser de derechas y no verán más allá de ese gesto; de lo que representa la simple prohibición; cuando, en mi opinión, claro, estoy defendiendo valores que van mucho más lejos, valores imprescindibles para la supervivencia en libertad de la mujer. Hoy es frecuente, como digo, que ante postura como esta del velo, ciertos seudoprogresistas asocien a personas nada sospechosas de su compromiso social con posturas reaccionarias; posturas que a la postre defiende la derecha. Claro, ante este mensaje, antes que se te eche encima la crítica, la marabunta mediática, muchos se asustan y dulcifican su pensamiento... La consecuencia, luego, es que se hacen discursos absurdos como los que se han oído y leído a raíz de las ya famosas caricaturas de Mahoma; discursos tras los que se podría colegir que los fundamentalistas musulmanes son los buenos y los europeos los malos, los reaccionarios. ¡Y yo, a eso me niego! Yo, y como yo, creo, una mayoría de europeos, no vamos a renunciar a defender las conquistas que nos han costado siglos; conquistas a veces logradas con sangre; conquistas que tienen que ver con los derechos humanos, con la libertad individual, con nuestra condición de ciudadanos.
—¿Y qué puede hacerse para romper esta tendencia de “sumisión” europea?
¡Pues... Quien quiera vivir aquí, en Occidente, se me ocurre, tendrá que acertar el grado de libertad que tenemos. ¡Y no creo que sea reaccionario defender esto!, insisto. Estamos en nuestro derecho de preservar la igualdad entre hombres y mujeres a la vez que su diferencia, así como el reconocimiento absoluto y en todos los órdenes que hemos logrado de la mujer... Por lo tanto, ¡ni un paso atrás! Luego, en la vida privada, que cada cual rece cómo y donde quiera, o manifieste su religiosidad donde le plazca... Mira, mi idea del mundo, quizá utópica, lo sé, es que no haya fronteras... Creo firmemente que todo es de todos, que todos somos parte del Todo... Y que visto así sería posible convivir en paz, claro. Sin embargo, entiendo perfectamente —y este es un hecho— que yo no puedo comportarme en determinados lugares como lo haría en otros. Por lo tanto hay que aceptar los matices, el pasado y las diferencias. Lo que quiero decir es que si Occidente ha cometido, es cierto, errores y tropelías... también ha tenido grandes aciertos. Creo que ha llegado el momento de dejarse de paños calientes, de culpabilizarse continuamente, de exhibir ese sentimiento, tan paradójico, en el que, por un lado, somos los que ostentamos el poder y por otro estamos siempre verbalizando de alguna manera nuestra culpabilidad por tenerlo. Nuestra cultura, creo yo, tiene grandes valores como digo, nada sospechosos de opresión. Y esos valores son los que tenemos que defender, valores que, insisto, ¡nos han costado tanto conseguirlos, eh! ¡Y no vamos a renunciar ahora a ellos ante la presión de cualquier fundamentalista!
—Esto tendría que ver, desde una posición argumental si se quiere, con esa sociedad más libre, más independiente, en lo individual al menos, que representa Occidente. Y esto sería lo que habría que preservar por encima de todo, ¿no es eso?
¡Es que estos son nuestros logros! Occidente ha legislado para igualar a los géneros, los reconoce por igual en sus leyes, otorga igual papel a los individuos sin atender a su género... Esto es lo que yo defiendo. Y lo defiendo a riesgo de que desde nuestra confortabilidad los propios convecinos me descalifiquen, debido, creo, a ese complejo de culpa del que antes hablaba.
—Que, dicho en otras palabras, en un lenguaje más coloquial... Sería algo así como recular, plegar velas, que se dice también, ¿no?, para evitar el conflicto.
Exacto. Y esto es lo que hace ahora la izquierda, digamos. La izquierda política, oficial, por llamarla de algún modo, se escuda en estas posturas de complacencia. Y yo no estoy nada de acuerdo con ella; no creo que haya que ser tan condescendientes. La izquierda tendrá que encontrar su propio discurso; un discurso que en ningún caso debe ser ese que utilizan ciertos colectivos sociales plenamente identificados con la derecha.
—Quiere decir que lo fácil ahora es catalogar enseguida a la gente.
Sí, claro. Exactamente eso es lo que está ocurriendo.
—Volviendo al asunto del velo....
Yo estoy a favor de que cada cual se ponga lo que quiera en la cabeza; una cesta de fruta de sombrero... ¡pues vale! Un tiesto, si quiere... ¡Pues muy bien! ¡Me parece bien! Y precisamente por eso, porque estoy a favor de que cada uno se ponga en la cabeza lo que le dé la gana, estoy en contra del velo. El velo hoy tiene una carga simbólica, nadie puede negarlo. El velo es un elemento represivo de género... Incluso desde antes de que surgiese el fundamentalismo religioso. A nadie se le escapa que tras el velo se esconde un deseo de ocultar a la mujer, de dominarla, de evitar que se muestre libremente... Por tanto estoy radicalmente en contra de él. Sencillamente. Y no reconocer esto en Occidente es cobarde.
—Pero los hombres, al menos en los países musulmanes, no quieren llegar hasta ahí; no hacen el más mínimo esfuerzo intelectual para analizar por qué tienen ellos tanto interés en que las mujeres se cubran la cabeza... Se podría suponer que en su fuero interno lo saben; pero a la hora de verbalizarlo lo despachan con un “es que a ellas les gusta” o con un “así están más guapas”. Pero en nada tienen en cuenta su opinión... Y si alguna hace caso omiso del uso del velo, la insultan.... ¿No cree usted que llevar el velo hoy, en general, es como llevar una especie de atuendo militar que te asocia a una organización, a un grupo determinado, a un movimiento político?
Sin duda. De esto no hay duda. Y la prueba está, tengo entendido, que en países como Marruecos cada día son más las mujeres que se ponen el velo... En muchos casos, dicen, por la presión social existente. O, dicho de otro modo, por la presión integrista que se ejerce en la calle. De hecho me cuentan que hay chicas que han tenido que irse de Tánger porque no soportaban ya los insultos por ir con la cabeza descubierta. —Hablemos un poco más, si le parece, de la marginación de las mujeres... De feminismo. Feminismo y revolución. El Feminismo y el velo... Feminismo e Islam.El Feminismo es una ideología revolucionaria; una propuesta transformadora que aboga por la consecución de un derecho: el de la igualdad; un derecho que, pienso, es universal. ¡Universal! El Feminismo es para los hombres también; no sólo para las mujeres; eso que quede bien claro.
Y, en cuanto a Feminismo e Islam, tengo mis dudas de que sean compatibles tal y como ahora se vive esta religión. Se podría ser creyente musulmán y feminista, quizá, si quien así se postula fuese capaz de separar la religión (algo que en Occidente entendemos privado) de la práctica e ideario político. Porque, si la religión, en este caso el Islam, determina, como ocurre en la mayoría de los países musulmanes, el comportamiento de una persona en el espacio público, creo que no hay nada que hacer, y, Feminismo e Islam, en este contexto, son incompatibles.
—¿Podría decirse que el Feminismo es una ideología igualitaria, quizá la única? ¿La que, en esencia, coloca ante el mundo, en la vida, a hombres y mujeres al mismo nivel en lo que a derechos y deberes se refiere?
Claro, claro; eso es.
Pero, antes de seguir, quisiera hacer un inciso para recalcar y matizar lo que he dicho más arriba del velo... Porque, claro, como en todo, también en este tema hay que encontrar la justa medida... Yo, en principio, soy antiprohibicionista... A mi lo de prohibir me da miedo... Por eso he tenido tantas dudas respecto a prohibir o no el velo... A mi, realmente, prohibirle a alguien ponerse un pañuelo en la cabeza me parece per se algo horrible. Cualquier prohibición, insisto, la creo discutible. Pero, claro, en esta cuestión, hay que ir más allá; hay que trasladarse a los orígenes, a cuando empezaron a fraguarse las relaciones de desigualdad entre hombres y mujeres. Entonces, probablemente, la obligación de cubrirse la cabeza fue una imposición de los hombres a las mujeres para preservarlas de las miradas de otros hombres. Y, claro, si esto es así, hoy, el uso del velo sigue siendo algo opresivo, utilizado, además, en estos momentos de fundamentalismo y beligerancia religiosa, como un instrumento para intimidar a los otros y, al mismo tiempo, marcar y distinguir con su uso a los combatientes que están de acuerdo con él.
Creo que en Francia han hecho todo lo que han podido para preservar la libertad de usarlo... Y al final el Gobierno ha tenido que claudicar; y ha tomado decisiones drásticas en contra. Por eso, aunque no lo parezca, este tema es muy serio. A mí, que una persona se ponga una chaqueta azul marino... me parece muy bien en principio; pero, claro, si esa chaqueta es un uniforme que representa una militancia y te impide que puedas ponerte ninguna otra prenda y, además, te imposibilita, por lo que representa, insisto, para ponerte una camiseta otro día o un jersey, o salir a la calle cuando te apetece y como te da la gana... porque te van a insultar los que creen que sólo se puede ir con chaqueta azul, cambia la cosa.
—El asunto se antoja difícil, complicado de explicar, ¿no? En cualquier caso, a Occidente parece que se le acumulan los problemas...
¡Lo que tiene que hacer Occidente es preservar sus conquistas! Aquí, en Europa tenemos ya claro que el espacio público es común para todos, para hombres y para mujeres; tenemos claro que desde el punto de vista de género somos iguales; que las mujeres, como los hombres, deben tener total libertad de movimiento, pueden salir a la calle como y cuando les plazca... trabajar, reunirse con quien lo deseen... fumarse un cigarro, echarte un amante, o ir donde a dónde les apetezca.... ¡Y esto hay que preservarlo! Y ahora lo que está ocurriendo es que, como ha sucedido con las caricaturas publicadas en Dinamarca, nos están intimidando los fundamentalistas religiosos. De alguna forma “invaden” nuestro valores, y, si no lo impedimos, si no legislamos al respecto, la invasión cada día irá a más... El problema es, creo, que quienes cuestionan la forma de vivir de Occidente son individuos religiosos antes que ciudadanos y su deseo es construir una sociedad religiosa... Que volvamos a la Edad Media, vamos.
—A Europa le cuesta ser lúcida en estas cuestiones. Una maraña de ideas contradictorias la invade.
Claro, como somos demócratas; hablamos desde el pedestal de la autosuficiencia; hemos conquistado el mundo... Y creemos que nuestro modelo es el mejor, tal vez inmutable, casi perfecto... Y desde ahí regalamos comprensión, compasión, todo tipo de bondades... Pero no queremos enterarnos que ellos, quienes llegan desde el mundo musulmán sobre todo, vienen dispuestos, no sé si de forma consciente o inconsciente, a cuestionar nuestros logros... Y desde una concepción religiosa de la vida, además.
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