|
|
Conversacion con… Javier Sádaba
Nada más interesante, quizá habría que decir
inquietante, que una charla sobre Dios hoy en Marruecos, aunque ésta se plantee
en Tánger, ciudad cosmopolita y trasgresora siempre, rodeada de cierto halo
irreverente. Nada más atractivo también, y por supuesto sugerente, que asistir
a una exposición pública sobre el futuro de la religión —El futuro de
la religión. ¿Vuelve Dios?, fue el título que eligió
el filósofo Javier Sádaba para su disertación— en una población donde
cada día que pasa se observa cómo arraiga la indumentaria ortodoxa de la
chilaba y el hiyat; cómo aumenta el número de fieles en las mezquitas y se desbordan
de observadores de los preceptos del islam.
Llegó Javier Sádaba (Portugalete, Vizcaya,
1941), uno de los “filósofos de la religión” más conocidos, y abarrotó la sala
de conferencias del Instituto Cervantes como ningún otro ponente del Foro
Observatorio Tánger Tarifa (FOTT) lo había hecho hasta entonces. ¿Negaría la
existencia de Dios?, se preguntaba más de uno, mientras se apresuraba la gente
a buscar asiento y a acomodarse.
Con su último libro, aún caliente, de la mano
—“De Dios a la nada. Las creencias religiosas”—, Sádaba no defraudó. Tras señalar los pros y contras que la religión
lleva consigo según la propia Historia, y los diversos autores que Sádaba citó,
el filósofo recordó enseguida que “las religiones existen desde
el comienzo de los tiempos, son variadísimas, y en algunos casos parecen
sostener credos radicalmente diferentes y hasta contradictorios”. Esto puso en
guardia a los asistentes. Sádaba escarbó, incluso, en el
seudocientífico argumento del Principio Antrópico que afirma que es muy posible
que la religión estuviera ya presente en los homínidos que nos precedieron y,
en general y en su origen, en las distintas especies que existen. Citó,
refiriéndose a lo dicho, a los elefantes “que parece que lloran a sus muertos y
tienen cementerios” (con gran escándalo por parte de alguno de los presentes) y
a otras ramas de la evolución, como la que representa el chimpancé o el Neanderthal, para
concluir, refiriéndose a sí mismo, que, “en última instancia, sólo estoy
dispuesto a afirmar que la religión es algo propio del ser humano”. Esta
afirmación le aclaró un poco el panorama a los creyentes y, en general, calmó
los ánimos de quienes seguían con atención y confundidos su disertación. Al
final acabó concluyendo Sádaba que es posible que haya una cierta estructura
intelectiva / cultural en la especie humana de la que muy pocos pueden
sustraerse a la hora de caer en algún tipo de práctica religiosa.
Nosotros, los seres
humanos, vino a decir, poseemos un instrumento extraordinario y diferente que
nos posibilita, entre otras cosas, construir esos grandes edificios que son las
religiones: el lenguaje. Con el lenguaje somos capaces de referirnos al futuro,
al Más Allá, e incluso a la Nada; con lo que ya tendríamos aquí la base, e
incluso argumentos suficientes, para sobreponernos a la muerte que es, en
última instancia, la que según todos los indicios motiva más, e induce, a los
humanos a aferrarse a la religión. De ahí las muchas
imágenes distintas, todas salvadoras, que en forma de religiones ha ido ideando
el homo sapiens a lo largo de la historia.
Habló el filósofo a la postre de los que
tienen religión [para salvar el escollo de la finitud, seguramente] y de
quienes, como escribía el recordado Tierno Galván en algunos de sus libros
—citó Sádaba— se sienten tan a gusto en este mundo que no tienen
inconveniente en plantearse que después de la vida no hay nada de nada. En fin,
“respetemos, en consecuencia a los que se declaran ateos convencidos”, añadió
el autor de Filosofía, lógica y religión, “y concluyamos
que la religión es una posibilidad y nada más que una posibilidad”.
La conferencia avanzó luego haciendo un
recorrido sucinto por los últimos siglos de nuestra historia más reciente, con
paradas en Freud, que decía que la
religión habría que contemplarla como un momento infantil en la historia de la
humanidad y por lo tanto ésta desaparecería cuando la especie humana superase
sus miedos; en Goethe (“Si
tienes ciencia y arte, tienes religión y si no tienes ni ciencia ni arte, ten
religión”), al que, por cierto, cita el mismo Freud; en Nietzsche; en Marx (“la
religión es el opio del pueblo”); y en Schopenhauer, que escribió que “los
hombres han inventado a Dios porque quieren ser inmortales...” Paradas, todas,
que le dieron al autor de Lenguaje religioso y filosofía analítica (el primero de sus libros) pie y argumentos para
plantearse finalmente el futuro de la religión. ¿Vuelve Dios? A lo que Sádaba
arguyó que si alguien piensa que la religión va a desaparecer “estará
equivocándose” y anunció, por el contrario, que surgirán nuevas religiones,
nuevas formas con nuevas variaciones de las mismas, además de posturas
extremistas y fanatismos inquietantes como los que estamos viviendo ahora.
Al final, en el
turno de ruegos y preguntas, el filósofo debió hacer frente a los que trataron
de combatir su agnosticismo y a aquellos otros que insinuaron que el ser humano
no puede vivir sin religión; y menos ser feliz. No faltó tampoco quien habló
del islam como la última religión, la verdadera [la conferencia transcurría en
Tánger, y no se olvide que Marruecos es un país musulmán] “Por ser ésta la
última religión revelada”, precisó otro asistente. A lo que el filósofo
inquirió “¿por qué dice usted eso?” “¡Porque soy creyente!”, respondió el que
con tal rotundidad afirmaba. “¡Ah!, en ese caso, si es usted creyente, no hay
nada que hacer”, añadió el autor de Saber vivir, uno de sus libros más conocidos. “Porque
contra la fe no hay razón que valga”, concluyó.
Al día siguiente de
la referida conferencia y el acalorado coloquio posterior en el Instituto
Cervantes, el autor de Filosofía contada con sencillez, uno de sus obras más recientes, acudió al
IEES Severo Ochoa donde el alumnado aguardaba también expectante para oír qué
podría decirles un filósofo no creyente acerca de la existencia de Dios. Y como
ocurriera el día precedente, también aquí, los chicos, creyentes musulmanes en
su mayoría, tenían sus dudas de que pudiera vivirse sin Dios. La biblioteca se
llenó de un alumnado deseoso de saber y Sádaba, experimentado profesor,
respondió a la expectación despertada.
Comenzó contándoles
el catedrático de Ética y Filosofía de la Religión en la Universidad Autónoma
de Madrid que a él lo que “de verdad, de verdad”, le hubiera gustado ser en su
vida era “líbero del
Atletic de Bilbao”. ¿Qué es eso de líbero?, se oyó entre el murmullo que siguió. “El defensa central, el
defensa escoba que se
decía entonces, y que, a veces, salía con el balón jugado desde atrás...”,
explicaba ahora Sádaba, consciente de que el lenguaje, como los tiempos,
también cambia, y que aquello de líbero no era ya más que un rancio vocablo en desuso del más rancio pasado,
perteneciente al argot futbolístico más críptico.
Mas bastó con esta
anécdota para fijar la atención de los estudiantes. Fue el anzuelo bien armado
que el profesor empleó para atraer a su joven audiencia. Luego les contó que él
era filósofo, como muchos de los que ejercen algunas de las profesiones que la
sociedad considera raras y especiales, por una serie de casualidades concurrentes
que al final le llevarían a estudiar Teología y Filosofía en Salamanca primero,
y después en Roma y Alemania, donde trabajó en su tesis doctoral sobre El concepto de filosofía en Wittgestein y su aplicación al lenguaje
religioso —título que le dio a su tesis—, que más tarde leería en Madrid, en la
Universidad Autónoma.
También les contó al
inquieto grupo de chicos un cuento que no tendría mayor relevancia ni vendría
“a cuento aquí”, valga la redundancia, si no fuera porque el relato en cuestión
tiene que ver con Dios y con que... por haber sido contado ante jóvenes
musulmanes —el simple hecho de nombrar a Dios en un país musulmán puede
significar desconcierto general—, creó entre estos jóvenes creyentes
cierta desazón.
“Cuando yo era
niño”, comenzó hablándoles Sádaba, “cualquier acción o pensamiento podía ser
pecado. En aquella España gris del franquismo los niños vivíamos atormentados
porque el menor desliz podría mandarnos al infierno de cabeza, que era lo más
terrible que podía sucedernos... Así que, en cuanto teníamos un pensamiento que
creíamos impuro, allá íbamos
corriendo a confesarnos. “De qué te acusas, hijo”, me preguntó un día el cura,
don Hilario. “Tengo un pecado muy grande”, le dije yo. “¿Cómo de grande, como
Portugalete?”, inquirió él. “No, no; más”. “¿Cómo Vizcaya?” “No; más, más”.
“¿Cómo España?” “No, más, más; mucho más”. “¿Pero qué pecado es ese que es más
grande que España?”, insistió entonces don Hilario, ya nervioso. “He pensado en
el culo de Dios”, cuenta Sádaba que le dijo a aquel mosén asustado que ya no
sabía qué pensar de la ingenua y confundida criatura que apenas con seis años
se creía el mayor pecador del mundo.
Claro, al oír esto
los chicos la risotada fue mayúscula. En la biblioteca del IEES Severo Ochoa de
Tánger los libros también se rieron. Alumnas y alumnos abrieron bien los ojos y
empezaron a mirarse; no podían dar crédito a lo que oían. Que alguien hubiera
imaginado “el culo de Dios” era una blasfemia, a su entender; algo impensable.
Y menos si el actor protagonista era un niño. Máxime cuando en la cultura
islámica ni siquiera puede representarse a Dios.
Lógicamente, el
cuento tenía su moraleja: “Cuando algo se quiere reprimir, más fuerte sale
después el deseo; más va a obsesionarte todavía eso de lo que huyes”, añadió
Sádaba.
Con esto, la charla
se relajó definitivamente y discurrió ya por cauces más amables; cauces de
complicidad entre alumnado y filósofo. Sádaba les contó a los estudiantes que
además de gozar con su profesión y con un buen partido de fútbol, también amaba
la música —“mis tres pasiones”, precisó—. Y enseguida entró en
harina y recordó cómo empezó a tomarle gusto a “esto de la filosofía”. “En el
momento”, dijo, “en el que me negué a obedecer lo que no entendía y empecé a
plantearme creer sólo lo que podía demostrarse”. “Y de ahí pasé a interesarme
también por todas esas cuestiones que a todos nos preocupan: Por qué queremos
que nos quieran, por qué queremos ser felices, por qué deseamos que haya más
justicia, por qué estamos aquí, por qué...”
Entonces, un alumno
preguntó: “¿Qué es para usted ser filósofo?” A lo que Sádaba respondió,
primero, que “la filosofía toca el corazón del mundo y de las cosas y eso,
además de ser importante, me agrada”. Luego añadió que “el filósofo tiene que
tener el oído pegado a la tierra” para poder entender lo que le preocupa a la
gente. Finalmente, dijo: el filósofo debe ser capaz de estar con la gente”.
Se acercó más tarde
Sádaba al pasado y recordó ante el joven alumnado su recorrido vital por aquel
Madrid de la Transición Democrática y los años ochenta, cuando “uno vivía
arrollado por las circunstancias” y era capaz de comprometerse hasta el máximo
en la defensa de unos valores determinados. “Porque no se puede permanecer
indiferente ante las cosas que ocurren en el mundo”, les dijo, convencido, a
los chicos. Y enumeró, como ejemplo, las guerras, los abusos de poder que se
suceden a diario, la corrupción de los gobiernos, “y, ahora”, precisó, “los
fundamentalismos, a los que hay que combatir sin miramientos”. En ningún caso
es bueno “que te coman el coco” señaló después; y derivó hacia la docencia para
afirmar que había que suprimir la religión de los centros de enseñanza y
sustituir la asignatura, en todo caso, por el estudio de la Historia de las
religiones y los mitos. “Más acorde con el devenir de los humanos”, concluyó.
¿Que es la felicidad
para usted?, se atrevió a preguntarle otro alumno, al final ya del coloquio. A
lo que el filósofo, amistoso y jovial, y, quizá, como autor de Las causas
perdidas, en este caso,
respondió tras una breve pausa para la reflexión: “Por lo menos, por lo menos,
hay 280 definiciones de felicidad (por decir sólo una cifra). Pero, para mí”,
dijo, “quizá, la más acertada es la que hace Walter Benjamin al respecto:
‘Felicidad es percibirse a uno mismo sin miedo’. Una definición que comparto.
Me parece la mejor. Genial”, concluyó.
En la última crónica, la que cierra este
primer ciclo del FOTT, el tercer punto de apoyo sobre el que descansa el viaje
de Javier Sádaba a Tánger es esa conversación/entrevista que mantuvimos con él;
esa charla que celebramos siempre con todos los ponentes.
Con
el filósofo vasco parecía obligado abordar ciertos temas de actualidad como la
paz en Euskadi, la inmigración en Europa, o el pacifismo en general, del que
Sádaba es un reconocido activista, además de algunas otras ideas que él mismo
esbozó ya en esa conferencia que impartió en el Instituto Cervantes o en el
coloquio que al día siguiente mantuvo con el alumnado del IEES Severo Ochoa.
Pero,
hablar de su obra con un pensador, filósofo, intelectual... conduce, casi
seguro, a tener que inmiscuirse de alguna forma su vida. Así que parece
obligado empezar preguntándole al autor de Dios y sus máscaras por esos primeros pasos suyos en el hábitat religioso hasta llegar a ser el que es hoy.
“A mi me tocó, en cierto modo, vivir el
reflujo de aquella religiosidad exaltada de los primeros años de dictadura en
España. Estudié con los jesuitas en Comillas y Salamanca; en Roma... Pero la
verdad es que mi planteamiento era más bien teórico en lo que a la religión se
refiere. Yo nunca sentí esa llamada (vocación) de un modo especial. Y desde el
principio sí que tuve relativamente claro, en la medida en que a esa edad
pueden tenerse claras las cosas, que lo que nunca iba a ser era un ser
obediente. Y me di cuenta, también, de que aquellas creencias mías respondían
más bien a un cierto voluntarismo más que a otra cosa.
Perdí
lo que se llama la fe relativamente pronto... Y aún así me licencié en
Teología; aunque para entonces ya había yo tenido... no una caída del caballo,
pero casi. Después de unos años y la lectura de algunos libros... ya tuve claro
que lo que de verdad me interesaba era la filosofía. ¡Y sigue interesándome!
Creo que la filosofía, la música y el fútbol, como le he contado al alumnado
del Severo Ochoa, son las tres cosas que más me apasionan.”
—Usted se fue a Roma... ¿Fue allí donde
definitivamente encauza su vocación filosófica?
Sí. Los años que estuve en Roma me dediqué,
sobre todo, a estudiar filosofía. En especial profundicé en un autor poco
conocido entonces en España, Wittgenstein; un autor que para mi ha sido
decisivo. De ahí nacería la idea de dedicarme definitivamente a esta vocación
que ahora ejerzo, incluso antes de hacer la tesis doctoral sobre el citado
autor alemán [El concepto de filosofía en Wittgestein y su aplicación al
lenguaje religioso, la tituló], ya lo había decidido.
Me fui a la Universidad de Tubinga (Tübingen), precisamente, con la esperanza
de ampliar mis conocimientos y hacer allí mi tesis... Y allí conocí a quien iba
a ser mi mentor filosófico: Ernest Tugendhat, un filósofo muy bueno; y buen
amigo mío también.
Regresé a España y, nada más llegar, recibí
una oferta para trabajar en la Universidad Autónoma de Madrid... y ahí sigo.
—Cita usted a Wittgenstein a menudo...
El mundo de Wittgenstein me ha interesado bastante, sí; tanto que he escrito
con frecuencia sobre él. Pero me interesa sobremanera la filosofía de la
religión, el estudio de un hecho que está inserto en lo que es el ser humano...
Y últimamente me ocupa y preocupa muchísimo la bioética. Los aspectos genéticos.
También todo lo relacionado con la salud, con la asistencia sanitaria, la eugenesia
[aplicación de las leyes biológicas de la herencia al perfeccionamiento de la especie
humana], la investigación del embrión, y mil cosas más, claro.
—O sea, que sigue usted en la brecha...
No abandona usted su condición de polemista, eh.
Sí, he tenido una vida pública bastante
intensa, la verdad; ahora estoy ya un poco cansado, ciertamente... Porque cansa
mucho estar a la contra; eso desgata más, si cabe.
Como todo el mundo sabe, no he pertenecido a ninguna tribu; más bien he ido
siempre contra las tribus.
—Y, para reivindicarse en esa línea de
confrontación, supongo, nunca ha hecho usted asco a los medios de comunicación;
su presencia en ellos ha sido constante hasta ahora.
La verdad es que no he parado de salir en ellos, sí... He escrito, he hablado,
como digo... Siempre con una idea fija: hacer accesibles, con un mínimo de rigor,
los pensamientos filosóficos; todo al objeto de que sirvan para la vida.
Pero tampoco voy a negar que en esta presencia
en los medios hay algo más personal. Me gusta estar ahí, gozo con ello. Porque
creo que participar, implicarse, debe tener una utilidad política... quizá no
inmediata... (Yo dudo mucho de cualquier participación política directa) Pero
creo que uno tiene que implicarse socialmente en todos aquellos aspectos que de
una u otra forma, y a la larga, crea que pueden modificar la sociedad... Salvo
para lo que para mi es un ideal: un ideal utópico, de acuerdo, pero un ideal:
que es el socialismo libertario.
—Pero debe cansar mucho tener que mantener la
confrontación permanente contra esa postura formal que ahora prevalece en la sociedad; o contra los mismos políticos, de los que
se tiene la impresión que siempre dicen lo mismo, estén donde estén. Una
postura, la de la sociedad, que podría resumirse en algo así como que: “antes
que nada, todo ha de ser políticamente correcto” para no molestar. No debe ser
fácil para usted, entiendo, sostener la idea de ir a contracorriente, y al
mismo tiempo transmitir entusiasmo, pensamientos nuevos, la posibilidad de
reflexión... a una sociedad que mantiene como normal general la insustancial y
desangelada postura de “hay que promover a toda costa lo políticamente
correcto”.
Sí, bueno, fatiga, cansa mucho, pero también te da inmensas satisfacciones.
Claro, al remar contra corriente termina uno por tener más que agujetas... Y,
en mí caso, también llevo mucho tiempo haciendo esto y a veces...
Pero ya he dicho que a mí me gusta, en cierto
modo, el lío. A veces se me presenta como hombre polémico, polemista... Y es
cierto que después de metido en el fragor de la batalla gozo con eso. Pero, en
principio, la verdad, lo que más me apetece es estar en mi casa escribiendo,
leyendo —sobre todo leyendo—, estudiando; y no tengo ningún afán
especial de estar presente en la vida pública, lo aseguro. Es decir, si he
salido ahí, a los medios, ha sido por circunstancias objetivas y subjetivas.
Objetivas porque han tirado de ti en un momento determinado... Y subjetivamente
por esa cierta obligación moral de participar, que yo entiendo que tenemos
todos, tal y como señalaba antes; obligación que en mi caso me tomo en serio; una
obligación que sirve para hacer, para decir o para poner ese pequeño grano de
arena... Esto tiene para mí la inmensa satisfacción que da saber que hay quien
te sigue y comparte contigo valores. Aunque siempre sean menos los seguidores
que los que uno pudiera conseguir si tuviese un gran aparato mediático detrás.
Pero, con todo, el gozo es extraordinario. Y encontrarte en la calle con esos
seguidores, en cualquier sitio, oyéndoles hacer manifestaciones que salen del
corazón, que agradecen ciertas cosas que has dicho, eso compensa.
—De todas las posturas en contra que
usted ha mantenido: en su día, dijo ‘no’ a la Constitución española; votó ‘no’
también a la entrada de España en la OTAN... Quizá, ahora, la más chocante sea
ese ‘no’ a la Constitución europea.
Sí, sí... Vamos a ver... Quizá me dio el pronto en un principio. Quise estar
junto a personas que me han merecido siempre un respeto político, junto a esa gente
alternativa que existe, que tiene otros planteamientos; los altermundistas. Esa
gente me requirió y yo acudí. Pero, además de esta razón emotiva, a mí me
molestó enormemente, más que el contenido, que también, me molestó el
planteamiento que se hizo de ciertas cosas. Me pareció a mí que en el contenido
de la Constitución europea todo lo que han sido, son o deben ser los derechos
de los trabajadores, de los ciudadanos, estaba muy minimizado. Minimizado,
además, de una manera..., a mi modo de ver, tal y como yo lo entendí al
estudiar el texto, disimulada, poco clara.
Y me molestó también como se redactó esa
Constitución. Cuatro trogloditas dándonos a
entender que “esto es lo que hay”, y “esto es lo que tiene que ser una
Constitución europea”; así, sin más. Y en vez de empezar desde abajo, en vez de
hacer más democracia de verdad; en vez de promover una verdadera deliberación
entre los europeos sobre lo que se quería hacer, se impuso ésta como están
acostumbrados a hacer siempre los que tienen el poder: desde el dinero y la
guerra. Y se impuso desde los despachos también por y para sus propios intereses...
Lógicamente, en todo esto, estoy en desacuerdo.
Por tanto, aunque, una vez aprobada, los
políticos lo hagan bien —que no creo que lo vayan a hacer bien—, ha
sido más la forma que el contenido lo que me ha llevado a mantener la postura
del no.
—Claro, claro; porque sorprende que un
ácrata como usted esté en contra de un proyecto político que nace, en
principio, con el afán de suprimir fronteras. Aunque ya se sabe que lo fácil es
ver lo que hay en la superficie y no lo que se esconde debajo de las razones
que envuelven cualquier argumento. Por eso, le planteaba a usted esto, porque
parece razonable pensar que, desde una postura progresista, deberían defenderse
aquellos proyectos tendentes a hacer universal el desarrollo humano. Y, en este
sentido, la Constitución europea es, o al menos debería serlo, ese marco
necesario para un mayor progreso social; eso sin entrar, además, con que, desde
un punto de vista libertario, le insisto, todo lo que supusiese suprimir
barreras que separan a los europeos, dotarnos de instrumentos comunes que
permitan un mayor y más justo desarrollo, podría ser defendible, ¿no? De ahí
que choque que haya dicho ‘no’ a la Constitución europea.
Y al hilo de este tema, me parece inevitable
preguntarle sobre el País Vasco. Usted ha reiterado en repetidas ocasiones que
está en contra de la violencia. Asimismo defiende la negociación con ETA dentro
de en un marco político, ¿no? Pero, claro, ¿no es reaccionario a estas alturas,
cuando menos contradictorio, postular nacionalismos todavía? ¿No es ir, en
cierto modo, hacia atrás, cuando lo que se promueve en Europa es la supresión
de las fronteras? ¿No es reaccionario, sin más, cualquier nacionalismo?
Bueno, primero debo aclarar algo, recalcar más bien, que el ‘no’ que dimos
algunos (o muchos) a la Constitución europea, no es un ‘no’ que se da desde una
postura nacionalista; ¡que quede claro! Para nada coincidimos con ciertos
sectores franceses que sí defendían con su ‘no’ una reivindicación que mucho
tenía que ver con el miedo a que desapareciese el Estado. Por lo que a mí
respecta, el Estado que se pierda y no lo encuentren más. Como ve, yo en eso
quiero mantener mi coherencia y ¡ójala! me muera así, siendo un libertario. No
era una defensa del nacionalismo lo que he querido expresar con el ‘no’; era lo
que he dicho antes.
Pero, dicho esto, el nacionalismo es un tema
que da para mucho. Ya definir nacionalismo es todo un mundo... Bueno, por no
hacerlas largas, que dirían los latinoamericanos, hay
dos tipos de nacionalismo: Uno es el nacionalismo tribal; ese que defiende “el
animal nacional”, que suele decirse. Es pensar que una especie de territorio o
un pueblo por sí mismo... “ha sido hecho así por la mano divina” o por los
genes..., como dirían los románticos alemanes Y según eso, ese territorio tiene
derecho a ser un estado; independiente, incluso, de la voluntad de Dios. Este
sí me parece un nacionalismo rechazable y es el que generalmente suele decirse
que es un nacionalismo introvertido, que excluye a los otros y al mismo tiempo
puede imponerse de una manera coercitiva a los mismos ciudadanos o
imposibilitar que haya un desarrollo democrático.
Pero hay otro tipo de nacionalismo que a mí me
interesa bastante, ese que algún autor ha llamado “nacionalismo benévolo”, y
que... —Cómo además yo estoy muy en contra de todos esos universalistas que nunca han echado una mano a nadie ni les ha interesado lo más
mínimo lo universal para nada, pues jamás los he visto que hayan trabajado con
emigrantes, ni hayan ido a ayudar a los pobres de Etiopia, por ejemplo, ni a
ningún otro país de esos con los que a diario se les llena la boca... Es decir,
que son universalistas de boquilla y en el fondo
están muy a gusto en España, en la capital del reino...—. Bueno, decía
que... yo creo que hay que darle la vuelta a todo esto del nacionalismo y
planteárselo al revés: primero, mamar aquello que a uno le ha tocado vivir,
querer bien a los suyos, querer a su pueblo y desde ahí, escala tras escala,
llegar a ser universal, ¿no? Pues bien, este es el nacionalismo que a mí me
interesa y el que me importa por encima de todo.
Pero, una vez dicho esto, quiero rematarlo de
la siguiente manera: si hay un nacionalismo negativo, como he dicho antes, ¡y
lo hay!, hay otro positivo... Que yo creo que también lo hay. Sí, yo defiendo
la autodeterminación de Euskadi para que la gente sea después lo que le de la
gana... Porque la democracia tiene que ser radical, tiene que respetar a todas
las partes... Pero, que en un momento determinado, un grupo de personas puedan
decidir por todos, pues..., la verdad, no me parece justo. Porque, si se puede
ser troskista o falangista, pongamos por caso, ¿cómo no defender que se pueda
ser portugués o español? Además, como no le doy ninguna importancia a ser
portugués, español o vasco, razón de más. Por eso digo que ese nacionalismo
basado en la práctica democrática me interesa.
En fin, si volvemos sobre los mensajes que a
menudo lanzan los medios de comunicación en España, tales como que ‘el
nacionalismo es retrógrado’, presiento que los que dicen eso suelen ser mucho
más retrógrados aún. Me explico: dan una definición de nacionalismo ‘un poco a
dedo’, que es pensar que hay un todo, una nación que por sí mima lleva al
Estado... Con lo cual ese nacionalismo no es de recibo porque basa cualquier decisión
en la pura nación. Y, por ejemplo, esos que nos acusan de reaccionarios nunca
nos dicen que en el artículo segundo de la Constitución española se dice que ‘la
Constitución española se basa en la indisoluble unidad de la nación española’. Más nacionalismo que eso no conozco en todo el mundo. Es decir,
estos universalistas nunca se aplican el cuento; o
sea, que ven la paja en el ojo ajeno pero no ven la viga en el suyo.
Y para terminar, puedo asegurar que conozco
nacionalistas de todo tipo: cerrados, abiertos, universalistas, menos
universalistas... Y también puedo decir que donde más atención he visto a la
emigración extranjera ha sido en el País Vasco; en los elementos troncales del
nacionalismo, por así decirlo... Por eso, ¿nacionalismo?, sí en unos casos y no
en muchos otros.
—Volviendo otra vez a su oficio de
filósofo... ¿Qué sentido tiene, para usted, un filósofo ahora; aquí, en estos
tiempos?
A mí, en primer lugar, me gusta la filosofía. Y, como solía decir un colega
mío, ‘me gusta porque me pone’. En esto soy sincero. Como me ‘pone’ la música o
un buen partido de fútbol, que ya he dicho. A mí me parece que la delicia del
pensar, que hemos heredado de los griegos especialmente, es uno de los placeres
que habría que inculcar a los chavales desde el principio porque de los varios
elementos que tenemos los humanos para gozar, uno de ellos es precisamente la
inteligencia que se alimenta de la lectura.
Y una vez dicho esto, desde el punto de vista
social, efectivamente, no son buenos tiempos para el filósofo. ¡Hombre!, en una
sociedad hiperutilitarista, pragmática, en donde lo que vale es lo contante y
sonante, el filósofo se antoja un ser inútil. Mas la gente no se da cuenta de
que estudiar filosofía puede serle muy útil. Si uno estudia esta carrera
aprende a razonar, algo que después va a servirle para muchas cosas. Yo puedo
asegurar que, entre los discípulos que he tenido, no pocos han conseguido un
empleo mejor, incluso con mayor facilidad, que otros que estudiaron disciplinas
más acordes con lo que entonces demandaba el mercado.
Pero, en este punto, lo que importa decir es
que tiene que haber siempre filósofos. Porque la función del filósofo es hacer
que se piense, que se mire la otra cara de las cosas; el filósofo ayuda a que
no nos engañemos. El filósofo ha de estar, constantemente, incitando a que este
mundo sea más justo y mejor, a que las ideologías no se impongan de una manera
tal que parezca que son boinas que se colocan encima de las neuronas. Esa ha
sido siempre y es la labor del filósofo: plantear preguntas, preguntas,
preguntas... Hacer que se piense, que se avance. Eso es lo que viene ocurriendo
desde Sócrates hasta Wittgenstein. Esta es una labor esencial del filósofo; que
no se notará inmediatamente, de acuerdo, pero que a la larga creo yo que...
contra la melopea que teníamos, sin ir más lejos, con el marxismo, que todo lo
anclaba en lo material, siempre hay nuevas ideas filosóficas a tener en cuenta,
ideas que pueden cambiar el mundo.
Es obligación del filósofo insistir en aspectos
que muchas veces se olvidan, en atacar los tabúes que no se quieren tocar, en
escarbar en lo básico que está ahí, y que tampoco parece que se puede mover...
Meter ahí el diente, me parece a mí, es una labor extraordinariamente útil a la
larga para que crezcamos en humanidad.
—Su autor favorito, Wittgenstein, se ve
que va y viene, constante, por sus argumentos... Así, pues, es inevitable
volver sobre él... Por lo que sabemos de su vida, era un hombre ciertamente
extraño; como ‘muy particular’, podría definírsele. Independiente a rabiar.
Podría decirse, también, que, a fuer de transgredir el lenguaje académico,
‘mandaba a todo el mundo a la mierda’, ¿no?
Wittgenstein tenía un punto de locura. Y yo creo que, en este caso, no es
tópico; una locura genial, desde luego. Pienso que en Wittgenstein se dan
muchas circunstancias que a mí, en particular, me interesan... La primera puede
que sea puramente coyuntural: Su libro, Tractatus
logico-philosophicus, cuando lo leí, me cambió; modificó mi visión de la filosofía. Estaba
todavía en Salamanca y al leerlo... Era tan hermético, tan impresionante, ¡una
cosa fáustica!... Vi tal potencia de pensamiento en sus páginas que me
conmovió. Y después ha habido como dos o tres cuestiones más de este autor que
me han acompañado siempre.
Por una parte, él me ha enseñado cómo es
necesario aprender, saber mucho sobre lo que uno puede entender. Es decir, lo
que uno puede entender es aquello que está al alcance de nuestras capacidades
cognitivas; y eso significa disponer de un lenguaje bien hecho. Eso nos llevará
a ser precisos a la hora de hacer la geografía conceptual de cualquier cosa.
Asimismo, me interesó de él, sobre todo, cómo
se adentra en esa parte que nos es desconocida completamente a los humanos; esa
visión de las cosas que él tiene me ha acompañado siempre. Él defiende,
primero, que hay que saber estar muy atado a este mundo, en el sentido de saber
que es lo que uno puede saber y lo que no; hay que estar en contacto con la
ciencia. Y, segundo, postula que hay que ser lo suficientemente modestos como
para entender que las cosas que más nos importan se nos escapan. Bueno, todo
esto, desde el punto de vista de la filosofía, es lo que me interesó de él
desde el principio.
Después está su personalidad. Wittgenstein es
un ser enormemente libre; siempre fue muy independiente; un hombre que dijo e
hizo lo que le dio la gana... que es algo, me parece a mí, que en la vida es de
las cosas que hay que hacer.
Por último, creo que Wittgenstein es un hombre
certero. Ya en la segunda parte de su vida, cuando cambia de opinión
—porque el cambiaba de opinión con frecuencia; es un hombre que le dio
mil vueltas a las cosas—, siempre encuentra ese punto que parece que ha
dado en el clavo. Él es de esos hombres que enseñan a pensar... A pesar de que
no tuvo un sistema de pensamiento en el sentido estricto, acierta en la idea y
te coloca siempre en el camino adecuado... Por ejemplo, Wittgenstein le dio una
importancia enorme al lenguaje. Yo se la doy también. Hay que tener cuidado con
los significados de las cosas y aprender a distinguir muy bien para no
confundir; hay que aprender a darle vueltas a las cosas de tal manera que al final
uno no sea arrollado por los grandes seudoconceptos y generalidades.
A mí me parece que Wittgenstein con su obra,
en resumen, está socavando, de alguna manera y en una buena parte, la
antropología, la sociología y la filosofía; disciplinas éstas que, creo, son
distintas desde entonces. Él viene a decir, en conjunto, que no es tan
importante disponer de un sistema muy hecho que nos sirva para analizar la
realidad, como saber colocarse frente a esa realidad de forma que uno pueda
entender lo que es y ponerla luego en su sitio... Hay una frase que no es suya,
pero se le puede aplicar perfectamente a él: esa que habla de ‘dar huellas
para que después uno pise por detrás’. En este sentido
es en el que me ha interesado siempre este autor.
—Un filósofo como usted, que se implica en el día a
día, que observa una sociedad tan materialista como la que tenemos hoy, tan
hedonista... —Del ‘fundamentalismo del dinero’ ha escrito usted—. Cuando observa la realidad, ¿no le sorprende
el auge que está tomando la religión en Europa? ¿No está Occidente volviendo,
otra vez, paradójicamente, a la religión para justificar sus acciones? Da la
impresión de que en España, sin ir más lejos, hacía mucho tiempo que no se
hablaba tanto de religión como ahora. Ese debate permanente con la excusa de
que vuelve el islam...
Sí, pero hay muchos tipos de debate, creo yo. Uno sería el que usted me
plantea... ¿Importa la religión en Irlanda, pongamos por caso?, pregunto yo.
Sí, sí que importa. A parte de que habrá otros factores, más importantes quizá,
el hecho es que protestantes y católicos se han estado matando hasta hace muy
poco. Por lo tanto, entre ellos importa, ¡claro que importa la religión! Y en
el caso del islam, está claro que importa... E importa asimismo en muchísimos
otros casos: A los tamiles, por ejemplo, en su guerra contra los budistas en
Ceilán, también les importa...
En este sentido, yo sí creo que hay un recrudecimiento de lo que han sido
siempre las guerras de religión. Pero, por otra parte, no deja de ser curioso, espectacular,
y hasta contradictorio, que la sociedad muestre hoy más apego que nunca a la
laicidad. Desde luego no estamos en la Guerra de los Cien Años... Ahora estamos
en la época del bit, del átomo, del gen... Creo que hemos avanzado bastante, al
menos aparentemente. Bueno, yo entiendo que la evolución está ahí; seguimos
caminando.
A mí, sin embargo, además de lo dicho (que,
por supuesto, me interesa), y que, indudablemente, tiene una incidencia
política clara (muchas veces el discurso religioso que se está manejando es una
simple manifestación de la misma política), me interesa, como digo, la religión
por otros dos aspectos: uno teórico y otro más práctico.
En el aspecto teórico... Yo creo que el
filósofo (y el no filósofo) —yo hablo desde la filosofía, claro—
tiene que quitarle, tiene que robarle, por así decirlo, la religión a quien
previamente la ha robado; que han sido los curas y los clérigos. La religión es
un fenómeno, un hecho, y lo que hay que hacer es estudiarla como tal hecho humano y acabar de una
vez (no vamos a acabar nunca con ello, pero bueno) con este robo perpetrado por
parte de aquellos que se creen sus depositarios.
A mí, ¡qué quiere que le diga!, todo lo que le
ocurre al ser humano con la religión me produce cierta ternura: el ser humano
buscando algo, incluso resbalando, y cayendo en manos de unas creencias porque
no resiste muchas veces lo difícil que resulta la vida. Bueno, esto el filósofo
tiene que estudiarlo. Y yo, como otros autores, sí creo que hay una cierta
estructura antropológica intrínseca al hombre tal como está, que le predispone
a ser religioso.
Lo que creo, de momento, es que hay un
planteamiento, digamos religioso, en nosotros; y digamos también que eso me
interesa. Digamos asimismo que, teóricamente al menos, el hecho religioso forma
parte de la antropología humana y eso hay que estudiarlo y, en cierto modo,
encontrar formas de dar paz de alma, formas que no
sean alienantes... Porque, además, creo que la religión es una parte de
nosotros que, ¡fíjese usted!, es todo lo contrario de lo que pensamos: ¡La
religión en esencia es revolucionaria! Porque, bien entendida, la religión
relativiza mucho, ¿no?, ya que todos estamos en el mismo barco. Por ejemplo, si
todos tuviésemos un sentido más común de la muerte, nos querríamos mucho más.
En definitiva, ésta es una parte de la religión que a mí me parece importante.
Y después hay otra, unida a ésta, que es...
que cuando uno vive situaciones como la española, donde la sociedad se ha
secularizado tanto (afortunadamente hemos vuelto, después del huracán
franquista, a lo que fue la España republicana), pues que vengan ahora los
obispos trogloditas... y empiecen a dar doctrina en campos como la bioética,
pongamos por caso... ¡Es inaudito! ¡Ya está bien! Esa cosa de que en el cigoto
ya hay un ser humano, o la eutanasia es matar, o las células madre son la
destrucción de no sé qué... En fin. No y no. La cuestión es que son cuestiones
muy importantes y la religión las está confundiendo, liando, destrozando... Y
las está embarullando en España, en toda Europa, en Latinoamérica... En este
sentido también me interesa mucho la religión.
Y sobre todo que no aliene... Tratar de que no
se nos escape, intentar integrarla más bien dentro de nosotros mismos de alguna
manera. Esto es bueno, vuelvo a repetir. Con ello perdería esa idea clásica de
religión y no dejaría de ser, en último término, lo que más importa al ser
humano: la fórmula para encontrarle sentido a la vida. ¿Qué nos interesa en el
fondo si no? ¿No es estar bien, tener amigos, que nuestros deseos se cumplan,
morirnos lo más tarde posible..., e incluso no morirnos?
—Deduzco de lo que dice que su
planteamiento es general; supongo que vale también para los ateos, ¿no? Porque
me da la impresión que usted, en el fondo, es ateo y sólo desde la postura
intelectual de quien se dedica a analizar todos los frentes del hecho religioso
puede mantener la actitud de defensa del agnosticismo. Acaso usted defienda su
agnosticismo escudándose en el discurso científico, pero, pero, en el fondo...
¡Ah, claro, claro! ¡Por supuesto que vale lo que digo para los ateos! Una vez
hablando de esto con un amigo me dijo algo parecido. ‘En el fondo’, me dijo,
‘la actitud tuya es una cierta cobardía intelectual, puesto que tú eres un ateo
de diez, y sin embargo hablas de agnosticismo’. Pues a lo mejor tienes razón,
le dije yo. Aún así, todavía me defendería un poco diciendo —aunque
prácticamente esté de acuerdo con el ateo—, que no creo yo que sea
honesto por mi parte, desde el punto de vista teórico, hacer una afirmación tan
rotunda.
—No, si se entiende su postura... Se
entiende que para quienes se dedican a reflexionar sobre ello, como es su caso,
puede que no sea muy ético cerrarle las puertas a la interrogación, y negar, en
términos absolutos, la posibilidad de creer, teniendo en cuenta, además, que
estamos hablando de Dios, ente sobre el que todo se desconoce. Pero en la
práctica...
Por supuesto. En la práctica y en mi vida diaria es otra cosa, claro.
—Abundando en lo que líneas atrás
refería, si no le he entendido mal, hay un robo por
parte de la secta religiosa (cualquiera que sea), y también de los políticos,
del hecho religioso, que es algo intrínseco, consustancial a lo humano... ¿Pero
por qué el ser humano es tan crédulo? ¿Quizá por eso que usted intuye como
parte asociada a la especie?
Pero yo distinguiría al respecto dos cosas: una es la utilización política que
se hace de la religión que, prácticamente, se representa en cualquier acto
significativo de nuestra organización social: fiestas, sesiones parlamentarias,
ceremonias reales... Que no dejan de ser, en último término, de un primitivismo
religioso evidente, casi mágico, apoderándose de lo peor de la religión, con un
estilo muy parecido al que rige en los actos vaticanos. Y diría más: No sólo es
así... Si no que, muchas veces, el político que va de laico, de lo que trata en
realidad es de apoderarse de la conciencia de los ciudadanos de manera muy
parecida a lo que han hecho siempre los sacerdotes.
Pero la segunda parte, que es la que más me
interesa de este tema, es la alusión que usted hace en la pregunta al tema
antropológico, genético... Pero, ¡cuidado, cuidado! Yo ahí distinguiría...
Primero quiero explicarme bien: voy a dejar de lado el aspecto genético. Porque
me parece que entraríamos en averiguar cuánto dependemos de la parte genética,
cuánto de la cultural... Y voy a dejarlo de lado, no porque no me interese,
—me interesa muchísimo—, sino porque sería toda una charla sin fin.
Yo me fijo más bien, no tanto en la filosofía
de la ciencia o en el contexto de génesis como se suele decir, sino en el
contexto de explicación. No tanto por qué somos así, sino en cómo somos. Y yo
creo que, en ese sentido, el porqué de la religión o por qué digo yo que hay
una estructura antropológica, es, porque independientemente de que haya sido la
génesis, que evidentemente es la evolución, independientemente de eso —la
realidad es que estamos aquí— el hecho es que el ser humano en el momento
que tiene conciencia, y sobre todo autoconciencia, y reflexiona sobre los
límites propios, y se atreve a plantearse algo que dirían autores como Wittgenstein
o Chomsky: que es que en un momento determinado tiene capacidad de infinito...
Es decir, en ese momento... De la misma manera que podemos hacer infinitas
frases, podemos también ir más allá de nosotros mismos de una manera
verdaderamente extraordinaria y plantearnos una vida que no acabará nunca, o
hablar de inmortalidad, o de lo que sea. Y esto ocurre precisamente porque
tenemos esta constitución —la que tiene ahora cualquiera de
nosotros— que nos cosifica y nos permite hablar de esta manera.
Esto es difícil de explicar y de entender, qué
duda cabe, pero yo, sin embargo, quiero fijarme bien en ello. Porque tenemos
lenguaje predicativo... Me explico... El lenguaje humano predicativo, en el
momento que éste se da —que es muy reciente en términos históricos—,
es que yo, a un objeto, digamos a una mesa por ejemplo, le aplico un atributo,
un predicado: blanca. Pues bien, este fue un paso espectacular. Porque en el
momento que yo puedo decir eso, puedo decir también ‘el diablo es el ser más
perverso que existe’; pero es que el diablo a lo mejor
no existe. Y puedo decir, asimismo ‘el futuro va a ser absoluto’ que a lo mejor no va a ser absoluto. Es decir, esa capacidad humana...
¡poder hablar de nada!, lo cambia todo.
Y este es el tema realmente. Porque en el
momento que uno tiene esas capacidades se plantea su futuro, se plantea los
límites de su vida; quiere darle sentido al total de la vida. Así, yo soy Javier
en función de aquello que he conseguido, logrado, no en cuanto a que tenga
estos u otros genes, sino en cuanto que me he apropiado de mi mismo y a partir
de aquí me planteo mi relación con los otros para matarlos o quererlos, igual
que me planteo mi relación con un futuro inmediato... ¡De ahí es de donde emana
la religión! La religión se plantea aquí como choque. Cuando chocas con esos
límites... surge la religión. Todo ello al margen de lo que pueda decirnos la
genética o la sociobiología; que no importan tanto, en mi opinión.
.
<<<< VOLVER A CONVERSACIONES
|